domingo, 13 de octubre de 2013

Convence al "gringo".



Por Susana Valdés Levy.

Yo no quería contar esta historia. Primero porque es biográfica y totalmente real y no me siento muy orgullosa de que algo así me haya sucedido. Pero bueno…hoy me animo a contarla:

Resulta que mi esposo tiene todo el tipo de gringo. Es alto, güero, ojos verdes. Como es médico, y los doctores organizan congresos en diferentes lugares, frecuentemente viajamos para asistir a estos eventos que para mi marido son académicos y para mí son vacaciones.

Así fue que un día llegamos a Puerto Vallarta, Jalisco. Mi esposo estuvo todo el día en sus conferencias y yo disfrutando del sol y del mar, una piña colada, aceite de coco y música de marimba. Ya por la tarde, cuando mi esposo terminó las actividades del congreso para ese día, nos arreglamos para salir a dar un paseo por el  pintoresco pueblo. Mi marido se puso sus bermudas, una camiseta de algodón, sus tenis blancos, lentes de sol y cachucha de los New York Yankees. Yo me puse un vestido de manta que compré en la playa, unos huarachitos y un collar artesanal de turquesas. Caminaríamos por ahí hasta encontrar algún restaurante típico al aire libre para cenar.

Las banquetas son angostas así que mi esposo caminaba unos pasos delante de mí. De pronto, una muchacha sale al paso con unos folletos en la mano y aborda a mi marido creyendo que era americano: “Hey mister, mister…! You wanna go on the boat?” le preguntaba la chica ofreciéndole un boleto para baile y cena a bordo de un barco turístico que parece antiguo y navega por un tramo de la Bahía de Banderas donde hacen show pirotécnico. Pero mi marido no contestó nada haciéndose el desentendido y además yo interrumpí cuando le pedí que me comprara una pulserita de plata que me había gustado y que vi en un aparador.

Pronto la vendedora de boletos se dio cuenta de que yo venía unos pasos atrás. Me vio y me dice: “Oye manita, ¿tu vienes con el gringo verdad?, Convéncelo de que me compre unos boletos para subirse al barco hoy en la noche y yo te paso a ti como si fueras su esposa”

-¡¿Cómo si fuera queeee?! ¡Casi me desmayo con las conjeturas de esta chica! O sea, me vio chaparrita, no güera y más morena que de costumbre gracias al sol de Vallarta, caminando dos pasos atrás de “el gringo”, pidiéndole que me compre una pulserita y pa’ pronto creyó que yo era una “aventura” del turista americano, viendo cómo le sacarle provecho a la situación. ¡Me sentí muy ofendida! ¡Todo mi genotipo, fenotipo, y rasgos ancestrales cayeron sobre mi! Me di cuenta de cómo el prejuicio de esta chica (¡En mi país!) la hizo elaborar, en cuestión de segundos, una historia en la que según ella, yo era una mexicana (“manita”) muy abusada, entreteniendo al gringo a cambio de oportunidades tales como sería “el privilegio” de que me pasaran de a gratis al barco turístico para gorrear un baile y una cena.

Entonces mi cerebro funcionó rápido y le conteste: “no –manita- yo a este gringuito lo traigo bien muerto…me lo voy a llevar a cenar al mejor restaurante de Puerto Vallarta y voy a pedir lo más caro…conmigo, de a gratis ¡nada!

Mi marido no podía ni hablar de la risa que le dio ver y escuchar toda aquella escena. Seguimos caminando y él se carcajeaba mientras yo iba con la boca apretada de coraje. En eso me dice mi esposo: “Oye, manita, manita…estabas bromeando con eso del restaurante más caro ¿verdad? ¡Jajaja!”

-Pues a mi no me pareció chistoso.

Nuestros Monstruos


 


 Por Susana Valdés Levy

  Aquel niño tenía mucha imaginación y le era difícil distinguir qué era real y qué era producto de su propia mente. Era miedoso y durante las noches oscuras sus terrores se hacían presentes con especial intensidad. La puerta entreabierta del ropero, el espacio bajo la cama, la cortina que se hinchaba con el viento que entraba por la ventana, parecían ser los lugares donde habitaba cualquier cantidad de seres horribles que la acechaban silenciosos.

 El pequeño niño se cubría con las cobijas hasta la nariz asomando solo sus enormes ojos cafés y aguzando el oído, despabilando, afinando, forzando el entendimiento o los sentidos, para que prestar más atención o hacerse más perspicaz en caso de un eventual ataque mítico.

 Era recurrente que en esas noches, se levantara de un salto y corriera donde sus padres a decirles: "Tengo miedo". -¿De qué tienes miedo? preguntaba su papá. "De los monstruos" contestaba el niño aunque ya sabia cual sería el resultado de su búsqueda de apoyo: Invariablemente su papá le dirá que "solo se debe temer a los vivos y que los hombres no deben tener miedo", lo llevaría de nuevo a su cuarto la arroparía con las cobijas y tal vez, encendería la tenue luz de una lamparita de noche, misma que en algo ayudaba a disipar su terror nocturno.

 Después de muchos años, los monstruos imaginarios fueron abandonando los escondrijos de aquella recámara infantil, el los ha olvidado, pero la sensación de miedo que le producían durante las noches solitarias y oscuras, queda aun en la memoria. El miedo adulto, tiene otras dimensiones y características. Y ahora se pregunta: "¿Existen los monstruos? ¿Qué son?" Según el diccionario el término se reserva para seres que inspiran miedo o repugnancia. También suele utilizarse como descalificativo, para referirse a personas cuyos actos van en contra de los valores morales propios. En efecto, los monstruos son representaciones visuales, imaginarias o gráficas, con las que personificamos nuestros temores e inseguridades. Pero también representan la expresión de nuestros sentimientos y emociones oscuros, como el resentimiento, el rencor, la envidia, la frustración, la violencia, traumas no resueltos...Y aunque los niños no tengan estos sentimientos aun en sí mismos, los perciben porque flotan como fantasmas en el ambiente que les rodea.

 Los monstruos gráficos quizás sean imaginarios, pero el miedo y el temor son reales...muy reales.

 Para los adultos, los monstruos son esos demonios propios que se desatan de pronto y sin aviso en un ataque de ira, de celos, de soberbia, de lujuria, de avaricia, de crueldad, de amargura ¿Existen? ¡Claro!...monstruos que en efecto habitan en la oscuridad, pero en la oscuridad del alma y nos deforman, nos desfiguran y nos poseen...Si queremos disiparlos y vivir tranquilos, habremos de encender una luz en la conciencia. Una luz que nos de claridad en el pensamiento y guía en el camino del entendimiento para conocernos a nosotros mismos.

Chihuis, la chamana


 



 Por: Susana Valdés Levy

 Tengo tres perritas: Chula, Chihuis y Cherry. Chula es una dashound (salchicha) color canela que como buena sabuesa, tiene un ladrido profundo y estridente, es elegante y exigente. Es la más viejita de las tres. Cherry, una chihuahua color cocoa con una piel como de terciopelo y ojos color miel, es la más jovencita, posee una belleza descomunal y ella lo sabe.

 El tema es Chihuis. Es un poco vieja, canosa y de facciones rudas. Se supone que es una chihuahua, pero mi mamá le llama "el engendro" y mi papá le dice "la máquina 501", porque es negra azabache con algo de blanco.

 La belleza de Chihuis es interior...y ya sabemos que cuando decimos eso, significa que físicamente no es muy agraciada. Tiene el pelo hirsuto, su tamaño es raro (muy grande para ser chihuahua y muy chica para ser otra cosa), es tosca, tímida y algo desconfiada. Me extraña eso, pues no ha recibido más que amor y atenciones. Su perronalidad es arisca.

 Sin embargo, un buen día descubrimos que Chihuis se acerca por su propio gusto, a las personas que están enfermas, tristes, lesionadas, angustiadas o estresadas. Se les sienta en el regazo y no se mueve de ahí. A veces da "besitos" de lengüetazo y vuelve a echarse sobre las piernas de la persona en cuestión. A veces por horas.

 Varias personas me han dicho que después de tener a Chihuis cerca, se han sentido aliviados...se pasa el dolor, se calma el ánimo, desaparece la tristeza, se sana la herida ya sea del cuerpo o del alma.

 Después de estar por un rato cerca de una persona "afectada", Chihuis se echa a dormir largas siestas en su camita, como si quedara exhausta.

 A punta de mera observación y de ver tantos casos similares con el mismo milagroso resultado, llego a la conclusión de que Chihuis es una chamana....es curanderita.

 Sí, ya sea un "engendro" o la "máquina 501", mi perrita es mágica y es especial. Cura la jaqueca y la gastritis, la angustia y el estrés, las reumas o la depresión, alivia la soledad y el cansancio, quita la mala suerte y el mal de amores y no se que tantas dolencias más.

 ¡Qué importa que no tenga la belleza de Cherry, ni la elegancia y la clase de Chula!...Chihuis tiene un don, tiene poderes sobrenaturales, es mística, mágica y esotérica. Es un alma antigua, un espíritu sabio...una perrita excepcional.

De Juicios y Prejuicios


 

 Por: Susana Valdés Levy.

 En algunas salas de los juzgados en Brasil, tienen a la vista de todos un gran crucifijo. No es por motivos religiosos. Es más bien para recordarles a todos los presentes, de una u otra forma, al juez, al jurado, a los abogados, a los testigos y a cualquiera que en la sala se encuentre, que hubo una vez (y como han habido muchas más) que un hombre fue juzgado y condenado arbitraria e injustamente.

 Tendemos a hacer juicios muy a la ligera en nuestra vida diaria. Nos parece fácil generalizar y condenar situaciones que no conocemos de fondo. Lo hacemos así hasta que algo nos sucede a nosotros o a un ser querido, solo entonces vemos la verdadera dimensión del sufrimiento humano.

 Se hacen juicios basados en prejuicios, y condenamos o justificamos arbitrariamente sin conocer las particularidades de cada caso. Como por ejemplo decir: "Si un muchacho cae en las drogas, es porque tuvo padres negligentes"; "Si un hombre o una mujer comete adulterio es porque tuvo que buscar en la calle lo que no encontró en su casa"; "Si una pareja se divorcia es porque son egoístas y no les interesa cuidar y conservar a la familia". "Si la mujer es golpeada es porque ella provoca al hombre"; "Si le dio cáncer es porque estaba llena de rencores y enojos no resueltos"; (¡Por Dios!, encima de tener que luchar contra el cáncer ¿hay que cargar con la idea de que uno mismo lo provocó? ¡Que injusticia!) "Si una chica soltera se embaraza es porque en su casa no le inculcaron valores morales", "Si un chico es gay, es porque hizo una elección inmoral y pervertida";...No digo que no sea de ese modo en algunos -muy pocos- casos, pero no en todos. Pero, con suma ligereza juzgamos, sentenciamos, condenamos y crucificamos a nuestros semejantes con lujo de crueldad, agregándole culpabilidad y sufrimiento a su ya preexistente dolor, dándonos baños de pureza a nosotros mismos.

 Hasta que nos sucede algo parecido en carne propia. Entonces nos volvemos piadosos y comprensivos como también esperamos la piedad y la comprensión que no tuvimos para otros que tropezaron antes que nosotros.

 Por eso me gusta esa idea de los juzgados en Brasil de colocar a Cristo crucificado, que aunque nada tenga que ver con religiosidad, es un claro ejemplo de un caso por todos conocido, donde un inocente murió por un juicio injusto y despiadado.

Hay "shows" que no pueden continuar


 



 Por: Susana Valdés Levy.

 Como cuando se enseña el cobre o se barre el polvo bajo la alfombra, como cuando se construyen castillos en el aire, o se presume lo que se carece, como cuando se vive de apariencias o se vive una doble moral...como cuando lo que no checa nos choca... Una de esas noches, cuando vio que el show había terminado y el repertorio de mentiras, de discursos huecos y falsas promesas se le agotó, el hombre tomó un pañuelo y frente a su escaso público, empezó a retirar de su cara el maquillaje de la aparente decencia, el disfraz gris del presumido profesionalismo, los grandes zapatos (siempre le quedaron grandes) de la supuesta responsabilidad, la negra y relamida peluca de la simulada integridad, la redonda nariz de la credibilidad, y se mostró como lo que en realidad había sido siempre: Un payaso triste y sin gracia que lloró cuando se le cayó el frágil y endeble circo de su vida encima y tuvo que huir de sí mismo....Porque el payaso, no pudo sostener al personaje.

El protocolo de la muerte


 



 Por: Susana Valdés Levy

 Me contaba mi abuela que el protocolo de los velorios se había convertido en una tradición que tenía su razón de ser. En el pasado se acostumbraba velar al difunto por tres días. En parte esto tenía un trasfondo religioso: Cristo resucitó a los tres días (siempre cabe la esperanza de que el difunto en cuestión también). Antaño era difícil diagnosticar la muerte, se cometían crasos errores y por eso mucha gente era sepultada viva...Tres días servían para confirmar que la persona estuviera realmente muerta. Afortunadamente para muchos, no había servicios de embalsamamiento, ni autopsias ya que de haberlos, no había manera de que se salvaran. Si no estaban muertos, ahí quedaban.

 Se acostumbraba velar a los difuntos en casas, las numerosas flores y los sirios mitigaban los olores de la gradual descomposición del cuerpo. En algunos lugares se colocaba una cama de sal bajo el cadáver, misma que ayudaba a preservarlo un poco más. Tres días eran también suficientes, en la mayoría de los casos, para que los amigos, familiares y deudos que vivían lejos, llegaran a presentar sus condolencias, considerando que los viajes se hacían por tierra. Durante tres días no se debía cerrar el ataúd sino hasta que se hubiera celebrado una misa de cuerpo presente. Era lo indicado llorar en el funeral y si las lagrimas no brotaban y el sollozo no fluía, se contrataba a plañideras que hacían el trabajo. Había que asistir de riguroso traje negro y los familiares más cercanos: el cónyuge, los padres, los hijos y los hermanos principalmente, no debían dormir en todo ese tiempo. Por eso se dice "pasar la noche en vela" y a los que cuidan lugares durante la noche se les dice "velador". Esto también, por si acaso al difunto se le ocurría resucitar. Luego de la misa fúnebre se iban todos en romería al cementerio o camposanto...que no se dice "panteón" porque esa era palabra pagana. La cremación estuvo prohibida por la iglesia mucho tiempo, pues se creía que interfería o complicaba la resurrección de los muertos. El tema completo era un acontecimiento social de suma importancia.

 Hoy en día todo es distinto. Agonizan los panteones, la industria de los ataúdes y los fabricantes de coronas y sirios funerarios. No tardan en morir. Cada vez más personas optan por velorios exprés, las capillas se cierran a las once de la noche y los familiares -si pueden- se van a dormir o a reunirse en íntimos grupos que verdaderamente les dan consuelo. Muchos consideran mejor y más prudente, no abrir el ataúd a la vista pública y solo la familia ve el cuerpo para despedirse. El ataúd se renta porque cada vez es más común la incineración. Ponen sobre la tapa del féretro una bonita foto de cuando el difunto gozaba de la vida. En ocasiones, el velorio sale sobrando y en directo se van a la cremación, a la urna, a la misa y a la gaveta donde se colocarán las cenizas. Esto ha reducido los costos, disminuido el agobio, agilizado el doloroso trámite y erradicado muchas falsedades....Por eso, aunque la muerte sea la misma de siempre...su protocolo ya no es igual.

El Poeta


 

 Por: Susana Valdés Levy.

Mi padre es un hombre muy sencillo. Amante de la naturaleza y de la paz. Fue un niño muy lindo uno de esos "güeros pollo", de pelo muy rubio y ojos cafés. Cuando veo sus fotos infantiles, me acuerdo siempre del niño que salía en el programa de Lassie.

 Su mamá (mi abuela Herminia Sáenz Garza), iba frecuentemente a visitar a su hermana Elisa a la Hacienda Soledad de la Mota en General Terán Nuevo León. Elisa estaba casada con Plutarco Elías Calles Chacón, hijo de quien fuera el presidente del Maximato. En ese tiempo, el General Calles había recién vuelto de su exilio en San Diego California y pasaba largas temporadas en Terán. Aun está ahí, en la sala de la austera casona de la Mota, el cuadro original presidencial de Calles, que dicho sea de paso, era un hombre apuesto y gallardo, con mirada de águila y que imponía respeto con su sola presencia. Pues aquel personaje mitificado, temido y/o respetado, se había convertido en un viejo dulce y simpático. Bastante lo había vapuleado su misión histórica.

 El general solía sentarse por las tardes de domingo en el zaguán de la casa y ahí llegaban mis abuelos, a visitar a su hermana Elisa quien siempre les tenía preparados buen café y gorditas de harina con mermelada de conserva de naranja.

 Mi papá, "Arturito" un niño de apenas unos cinco años, saludaba a Don Plutarco con reverencia y respeto. Entonces el general decía: "¡Que venga el poeta sentarse aquí conmigo!"

 Mi padre se sentaba en el regazo del General y éste le contaba chistes en verso al oído. Luego, mi papá los repetía de memoria ante todos los presentes (mal que bien) con su pronunciación infantil y sin entender ni tantito el albur codificado en el chiste.

 Era la gracia del día, la carcajada segura del ilustre Generalazo que se había convertido en un viejo dulzón y simpático que llevaba una pesada historia a cuestas.

 Yo no se si a Calles, la historia lo glorifica o lo condena...Alguna vez dijo, "Después de la Revolución, había que reorganizar al país y darle estructura, a la brevedad y como fuera posible". No debió ser fácil ni agradable. Pero esas tardes de domingo en General Terán N.L. le daban la paz y alegría que en su vida fueron escasas y mi padre formaba parte de esos momentos memorables. Y vaya que papá, a quien el general le decía "el poeta", siendo aun un niño pequeño, no tenía idea de quien era el personaje histórico que le estaba susurrando chistes en verso al oído para que los repitiera, como si fuera el mejor de sus voceros.

La última vez


 



 Por Susana Valdés Levy

 Inspirada en una pregunta hecha por mi amigo Luis de la Cruz: Dijo Luis: "Por alguna extraña razón olvidé un cuento. Me ayudan a arreglarlo? Había una vez..." Y le contesté: Había una Vez que tenía muchas hermanas conocidas como "Las Otras Veces". Esta Vez de la que les cuento hoy, era muy especial, se llamaba: "La Ultima Vez". En realidad era idéntica a las demás veces que se presentaban en la vida una tras otra, con la excepción de que después de ésta ya no seguía otra más. Y la Vez dijo: Yo soy "La última vez", la gente casi nunca me reconoce porque solo se dan cuenta de quién soy hasta que ven que ya no hay otra oportunidad y hasta que descubren que no hay después. Soy la última vez que viste a tu padre con vida, la última vez que abrazaste a tu madre, la última vez que besaste a tu hijo, la última vez que pasaste una Navidad feliz con toda tu familia, la última vez que conviviste con tu mejor amigo, la última vez que tu pareja cruzó la puerta al salir, la última vez que viste un amanecer... Me da por adelantarme a sorprender a quienes abusan de su suerte, de la confianza de otros o del peligro. Hay quienes me conocen con otros nombres como "La Gota que derramó el vaso" o "El colmo de la paciencia". A esos suelo presentármeles mucho más pronto de lo que imaginan. Solo los que están muy conscientes de su existencia saben de la posibilidad de que yo llegue en el momento menos esperado. Gracias a mí y a que saben que algún día, sin duda llegaré, es que valoran a cada una de mis hermanas "las otras veces", ya que cualquiera de ellas podría ser yo. Gracias a mí no permiten que los agobie el tedio, la rutina o el aburrimiento. Gracias a mi, hacen que cada vez, que cada una de mis hermanas las "otras veces" sea única, especial, inolvidable...porque podría resultar que esa vez sea yo "la última vez". Gracias a mí no se dejan llevar por la negligencia, la indiferencia o la apatía. Cuando por fin las personas reconocen que es un hecho que algún día llegaré sin aviso, valoran cada momento, por más sencillo que sea, por más cotidiano que parezca...Porque mis hermanas "las otras veces" no son infinitas...desfilan por la vida de la gente una tras otra y con cada una que pasa, yo "la última vez", me voy acercando más. ¡Espanta de tu vida al tedio, a la rutina, al aburrimiento, a la costumbre!...Disfruta de cada una de mis hermanas las otras veces, cual si pensaras que soy yo...cual si fuera "La última Vez". Porque, después de mi...ya no hay nada más que recuerdos dulces o amargos remordimientos.

Coquito


 

 Por: Susana Valdés Levy

Coquito era un toro de lidia al que uno de los vaqueros de la ganadería, un buen muchacho de nombre Juan, le había tomado mucho cariño. Desde que era un becerro Coquito tuvo un encanto especial. Juan consentía al torito dándole cubos de azúcar con la mano. Cuando Juan se acercaba, le llamaba con un silbido y Coquito le reconocía de inmediato. Caminaba lento hasta donde Juan estaba y lo veía con ojos amistosos. Juan entonces le acariciaba la cabeza y le daba el azúcar. Coquito pasó a convertirse en un novillo y luego en un ejemplar maravilloso, fuerte y sano. "Eres un toro muy bien bragado" le decía Juan a Coquito y el toro asentía como si entendiera el halago. Juan se hacía de cuantas artimañas pudiera valerse para evitar que se llevaran a Coquito cuando llegaban los empresarios a comprar toros para las corridas. Se lo llevaba lejos, lo escondía...hasta que una vez, que Juan se enfermó, llegaron los empresarios a comprar los ejemplares para el encierro del domingo y eligieron a Coquito. Cuando juan volvió al trabajo, se llenó de angustia al ver que el toro no estaba ya en la ganadería. Desesperado Juan preguntó a sus compañeros quienes le informaron que Coquito estaba ya rumbo a Monterrey y que formaba pare del encierro para la corrida del fin de semana. Juan se fue tan pronto como pudo a tomar el autobús para llegar a la ciudad, pero poco pudo hacer. Entonces compró un boleto para entrar a la corrida. Coquito sería el tercer toro de la tarde, pero Juan no lo sabía aun. Masacraron a dos bureles y en eso, anunciaron a Coquito. El matador lo esperaba de frente con el capote y el picador se preparaba para entrar después de esa suerte. La gente aun no llenaba de ver sangre, pero ya con algunas cervezas encima y el humo de los cigarros y los puros, la emoción del ambiente se había relajado. Salió Coquito como locomotora hacia el centro de la arena. Y Juan, quien estaba sentado en barrera, gritó: "¡Coquito! Coquito!" y silbó fuerte del modo en que el toro sabía reconocerle. Juan brincó para meterse en la arena, Quisieron detenerlo pero nadie pudo. La gente se emocionaba...seguramente el toro bien bragado aquel haría volar al incauto vaquero por los cielos y luego lo cogería con los cuernos hasta matarlo frente a la asombrada afición segura de que vería mucha sangre. ¡Qué espectáculo! Coquito se detuvo...era evidente que ya iba previamente lastimado, para asegurarse de que saliera bravo. Juan sacó de la bolsa de su pantalón de mezclilla un puñado de cubos de azúcar. "Ven Coquito, mi Coquito acércate", le decía Juan al toro....A paso lento aquel toro de más de 500 kilos se acercó y comió el azúcar de la mano de Juan mientras este le acariciaba la cabeza entre los cuernos. Juan abrazó al toro por el pescuezo y éste reclinaba la cabeza sobre el pecho de Juan y dijo: "¡Les suplico que no lo maten!"...La gente le abucheaba, decepcionada: "¡Mugroso toro, resultó muy manso y querendón!" Sacaron al Toro y a Juan de la arena, anunciaron al cuarto toro de la tarde porque "el show debe continuar". Juntos, Juan y su toro regresaron al pueblo en un camión de redilas. Coquito no volvió a pisar una plaza de toros y Juan no volvió jamás a la ganadería. Pero viven en una ranchería donde Juan tiene su casa.

 

 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Santos de Hoyos


 Por: Susana Valdés Levy

Hace mucho que no vemos tiempos buenos, pero aquellos años eran particularmente difíciles.  Chiapas era un polvorín, y el clima político nacional: una bomba de tiempo. “No puedo –me dijo Alberto Santos de Hoyos- cobrarle al país un sueldo por un trabajo que las circunstancias, a veces muy denigrantes, no me permiten hacer con la eficiencia que quisiera”. Alberto Santos había hecho campaña y ganó por el PRI para el Senado de la República porque creía en el proyecto político de Colosio, pero como muchos, se había quedado solo en el camino. Esa fue la última vez que el Licenciado Santos participó en política. Me había invitado a trabajar con él después de haber leído algunos de mis artículos, conocía bien a mi familia y confiaba en mí como parte de su equipo de trabajo cercano.

Entonces cada mes, Yolanda su asistente, depositaba el sueldo del Senador en una cuenta bancaria. Me ordenó a mí que así mismo, cada mes buscara una causa en la cual aplicar ese dinero. Una causa que verdaderamente ayudara e hiciera una diferencia para alguien y que lo hiciera con suma discreción. Toda su vida ayudó a la gente, pero durante los 6 años del senado, ayudó a muchos más con dinero que no era un “bono de gestoría”, era su sueldo…íntegro. Tal vez muchos dirán que como él era un empresario rico, la cantidad no hacía gran diferencia en su caso. Sin embargo, no era una “limosna” sino un acto de congruencia para él, devolverle al pueblo aquel “sueldazo” que él no creía estar devengando como debiera.

La verdad es que, El Licenciado Santos era de personalidad sencilla. De hecho, cuando me pedía que elaborara sus discursos, el me daba sus ideas centrales. Luego, yo lo redactaba y se lo presentaba a revisión. Siempre me decía: “Esta bien, pero quítale todos los adjetivos”. Tampoco le gustaban las lisonjas, ni los halagos, ni el rollo.

 Uno de los casos que él ayudó y que yo más recuerdo es el de Demetrio. Era un niño pequeño y hermoso, hijo de campesinos de Nuevo León.  A los 5 años de edad había dejado de caminar. Su padre llorando y con el niño en brazos le pedía desesperadamente ayuda al Lic. Santos. Demetrio tenía distrofia muscular y sus tendones se habían contracturado. La distrofia es incurable, pero había maneras de ayudarle con una cirugía, órtesis y rehabilitación para que, al menos por unos años más pudiera caminar y prolongar su calidad de vida.  Unos meses después, Demetrio llegó caminando de la mano de su papá la oficina. Con su voz de niño chiquito me pidió que si podía entrar a ver al licenciado para darle las gracias. Llevaba una paleta Tutsi-pop en la mano.

Recuerdo ese día cuando Demetrio entró a la oficina del Senador Alberto Santos. Se fue por un lado del escritorio y le dio un gran abrazo, le dio las gracias y le entregó la paleta de dulce. Al senador se le humedecieron los ojos de lágrimas cuando vio al niño entrar por su propio pie. Cuando el niño y su papá se fueron, el Senador me dijo: “Por favor Susana, ya no permitas esto. No es necesario que me den las gracias. Además, siento una especie de gusto mezclado con tristeza que no puedo manejar.”

Alberto Santos de Hoyos dejó de existir a mediados del mes de febrero de este año en curso. Mañana, 13 de septiembre cumpliría 72 años. Lo recuerdo con mucho respeto y gratitud como un gran maestro y como una de las personas más íntegras y congruentes que he conocido.

 

 

 

El Arce y el Abeto


 Por: Susana Valdés Levy
El Arce y el Abeto habían crecido juntos en el bosque, uno al lado del otro. Cada otoño el Arce se ponía anaranjado y rojo. Al final de la estación se caían todas sus hojas y quedaba desnudo. El Abeto era un “siempre verde” que prácticamente no tenía cambios.
Un día el Arce le dijo al Abeto: “Realmente envidio que tú no tengas que pasar por estos proceso...s. Mírame, como todos los años mis hojas cambian de color, se marchitan y caen al suelo. Quedo desnudo durante todo el invierno para volver a empezar, una y otra vez, cada primavera. En cambio tú, tienes siempre tu verdor. En verdad envidio tu estabilidad, tu constancia. Yo ya estoy cansado de estos cambios tan abruptos que la naturaleza ha impuesto en mi.”
“Supongo-dijo el Abeto- que para vivir como vives tú se requiere de mucha fe. ¿Cómo sabes que tus hojas volverán a brotar en la siguiente primavera? ¿Cómo sabes que no te vas a quedar desnudo y despojado de tu follaje para siempre? ¿Cómo puedes estar seguro de que en efecto, habrá un nuevo comienzo?...Tú me envidias pero yo te admiro, porque ciertamente yo no podría enfrentar año con año una pérdida tan dramática y confiar ciegamente en que volveré a brotar”.
Las ideas del Abeto hicieron que durante todo el otoño el Arce empezara a cuestionar su fe, lo que le hizo el proceso aun más difícil y doloroso. Ya cerca de la llegada del invierno, el Arce estaba sin hojas. En una de esas noches que eran largas y frías, el Arce soñó que se rebelaba contra la naturaleza y se aferraba a sus hojas. “¡No tiraré mis hojas!” decía el Arce a la Madre Naturaleza “¡No confío en que me vayas a dar nuevos brotes!…¿Qué tal si te olvidas de mi? ¿Qué si tienes otros asuntos más importantes que atender y te olvidas de hacerme retoñar? ¿Qué tal si me quedara desnudo para siempre?” Decía el Arce retando a la naturaleza. En su sueño el Arce vio llegar al invierno sin haber tirado sus hojas, aferrado a su follaje se burlaba de los demás Arces que habían quedado desnudos. En la primavera los demás Arces despertaron felices cubriéndose de nuevos brotes de hojas tiernas y verdes. Pero nuestro amigo el Arce aferrado se veía quemado, lacio, viejo, seco y desgastado…los pájaros confundidos por el aspecto del árbol evitaban construir sus nidos en sus ramas. El sueño que se hizo pesadilla, le permitió al Arce entender que la naturaleza es sabia y que no olvida a nadie. “¡Sí, Tengo fe!” dijo el Arce en el sueño, se que brotes nuevos vendrán y con ellos nueva vida!...¡Que caigan mis hojas y que vengan las nuevas!”
Una serie de golpes secos despertó al arce de su sueño. El Arce quiso contarle al Abeto la lección que aprendió mientras dormía. Pero vio que unos leñadores estaban cortando con el hacha el tronco del hermoso siempre- verde. Sollozando el Abeto dijo: “Seré pino de Navidad y en enero estaré en el basurero”. Y continuó: “Sin embargo tú, mi querido amigo Arce, estarás lleno de brotes nuevos y de pajaritos construyendo sus nidos, estarás lleno de vida. Mientras tú estás desnudo en medio del bosque esperando que llegue nueva vida, yo estaré muriendo lentamente engalanado con colguijes y foquitos convertido en el centro de las celebraciones de alguna familia esta Navidad, pero hasta ahí llega mi misión y mi vida. Yo moriré dando alegría y tú mi amigo, dando alegría renacerás.”
La fe no es garantía de que las cosas sean como queremos, la fe es lo que nos permite aceptar con gracia las cosas como son….lo que resulta esencial para entender la vida.

La Viuda

 

 Por: Susana Valdés Levy.

 Tras una larga, muy larga y oscura noche que había durado años llena de sueños rotos y pesadillas, Rosario despertó sabiéndose viuda. Había en su corazón una mezcla de duelo y paz. Se levantó lentamente y e...
entró al cuarto de baño donde aun estaban algunas cosas y afeites de Juan su marido hasta ese día. Rosario se arregló de acuerdo a la ocasión: un sobrio vestido negro y un velo del mismo color. Llevaba medias y zapatos negros también. Todo era silencio.
Buscó en el cajón de su escritorio unas actas y se dispuso a salir. Era tiempo de ver a Juan por última vez. Ver a Juan le hizo sentir un nudo en el estómago. Ahí estaba él, igual. Era el mismo “cascarón” vistiendo el mejor traje, una impecable camisa blanca y la más fina corbata. Se veía muy tranquilo y sin expresión alguna. Frío como el que más. Pero ciertamente, ya no era aquel Juan que ella había conocido….ese ya no estaba ahí.
Los recuerdos se agolparon en la memoria de Rosario. Especialmente los de aquel día cuando hizo sus votos matrimoniales. “Hasta que la muerte nos separe” había dicho ella solemnemente ante el altar aquel día de hace veinte años. –“El sacramento matrimonial es religioso y por ende ha de ser espiritual, Cristo seguramente, hablaba en términos de sublime espiritualidad…Me pregunto ¿A qué clase de “muerte” se refiere ese voto de casamiento?” Se preguntaba Rosario.
“¿Dónde hay que firmar? Démosle celeridad a éste trámite abogado” Espetó Juan con voz de hielo. En efecto, Juan no estaba biológicamente muerto. No era esa clase de muerte la que los había separado, sino la muerte del amor. Un amor que tuvo un deceso lento y doloroso, una larga agonía hasta que dejó de palpitar. Era por la defunción de aquel otrora gran sentimiento, que Rosario estaba de luto, por eso se sentía viuda.
Rosario firmó el acta sin inconveniente. Aquel hombre que estaba frente a ella no era su Juan y ella tampoco era la misma, aunque mucho se parecían físicamente a los que habían sido. Ellos ya no eran los que alguna vez se encontraron: sus almas ya no estaban en comunión y difícilmente se reconocían en sus miradas.
Rosario suspiró, se marchó dignamente y sabiéndose viuda en sentimiento murmuró: “Llegó el día en que la muerte (del amor) nos separó”.

martes, 17 de septiembre de 2013

El Viejo Majadero

 

 Por: Susana Valdés Levy.

Erase un viejo muy déspota y grosero que a todos maltrataba. Le hablaba muy feo a la gente y si los demás se sentían ofendidos, a él muy poco le importaba. "Soy muy rico" decía Don Abundio con so...berbia. "La gente como quiera, por mi fortuna me respeta" Pero el respeto, como el cariño comprado, no es respeto ni cariño bien ganado.
Mal apostó Don Abundio a que iba a ser rico por siempre...En uno de esos juegos del destino, tuvo un tropiezo en el camino y todo lo perdió. Todo, menos el desprecio de la gente, que al final fue lo único que recibió.
Viejo, enfermo, pobre y solo Don Abundio por años se quedó. Luego de mal ejemplo fue para lo único que sirvió.
Decían en el pueblo haciendo alusión a él:
"Que no te pase como al viejo majadero, que le sobró vida y se le acabó el dinero".

lunes, 16 de septiembre de 2013

Beulah, 1967


 Por: Susana Valdés Levy
Más o menos por estas fechas de septiembre, pero en el año de 1967, tuve mi primera experiencia con la "furia" de la naturaleza. Yo tenía 5 años y vivía con mi familia, por cuestiones del trabajo de mi p...apá, en Cd. Mante, Tamaulipas.
Así fue que el embate del Huracán Beulah, que entró a México por la península de Yucatán como huracán categoría 5 y "subió" por la costa del Golfo de México a la altura de Tamaulipas, me enseñó el significado de las palabras emergencia, incomunicación, devastación, inundación, desbordamiento, destrucción, peligro y otras más.
Como suele suceder en las comunidades pequeñas (y también en las grandes), los niveles o clases sociales se pueden identificar fácilmente porque hay casotas, casas y casitas. En el Mante esto era muy evidente en 1967, especialmente porque las casotas, las casas y las casitas podían estar juntas, una al lado de la otra en un grosero contraste.
Yo vivía en una casa y al otro lado de la cerca de alambre vivía una numerosa familia en una casita o tejaban. Ese día de septiembre yo veía por la ventana el "espectáculo de terror" sin precedente para mí, del Beulah. Las palmeras se mecían de un lado a otro cual si fueran un péndulo y después como si fueran un chicote que azotaba el suelo, rugía el viento, caían cortinas de agua, se fue la luz. Me decían que me quitara de enfrente de la ventana pues el vidrio podría reventarse con la fuerza del viento que aullaba.
Hasta entonces, no había visto tanta agua, tanto viento, tanta furia y posteriormente, tanta destrucción. Parecía como si un gigante hubiera pasado por el pueblo aplastándolo sin piedad y dejándolo pisoteado.
Mientras pude asomarme por la ventana, vi como el techo de lámina de la casita de al lado se desprendía y volaba por el aire cual si fuera una hoja de papel. Después, volaron las tablas, las ropas, los trapos y las pocas pertenencias de aquella familia donde vivía una niña más o menos de mi edad. Aprendí también como la pobreza va de la mano con la vulnerabilidad.
Aunque esa familia había sido previamente evacuada y llevada a un albergue, era claro que al volver no encontrarían nada de lo que habían dejado cuando tuvieron que huir de su casita para buscar refugio oficial.
Entendí, viéndolo de muy cerca, que a veces estamos más expuestos de lo que quisiéramos, que la naturaleza puede ser inclemente, que la pobreza nos hace más vulnerables. Aprendí que las casotas eran fortalezas, las casas eran más o menos capaces de resistir y que las casitas desaparecían del mapa. Como en el cuento de Los Tres Cochinitos y el Lobo Feroz, donde el huracán era precisamente un lobo furibundo. Descubrí que los huracanes son manifestaciones de la naturaleza tan impactantes y dignos de atemorizante respeto, que hasta nombre les ponemos.

La Reflexión de la Gotera


 Por: Susana Valdés Levy

Tras una relación de muchos años, de esas que "ya se dan por hecho", Sonia había sufrido una ruptura abrupta con su pareja. Esto la había deprimido mucho y aunque sabía que la situación ...ya no tenía remedio ni reversa, le angustiaba no saber cuáles habían sido las causas y culpaba del hecho a un sin número de factores externos.
Se preguntarán ustedes: ¿Para qué sirve dedicar tiempo a conocer las causas de un suceso irremediable? Bueno, en realidad es la única forma de aprender y evitar que algo similar nos vuelva a suceder. Como dice el refrán: "Quien no conoce la historia, está condenado a repetirla".
En una tarde de lluvia como ésta, sentada a solas y en silencio en una habitación de su casa, Sonia, casi hipnotizada, observaba una gotera. Una a una, las gotas caían golpeando el piso: "plic,... plic,... plic..."
En primera instancia y acostumbrada a pensar en daños externos, Sonía atribuía la gotera a las condiciones meteorológicas. "La lluvia ocasionó la gotera" pensaba ella. ¡Pero no! La gotera ya estaba ahí, la lluvia solo hizo que la gotera quedara en evidencia. Esto lo descubrió cuando llamó al impermeabilizador, quien le dijo que había que esperar a que parara de llover para proceder a reparar el techo. -¿Cómo? Pero cuando pare de llover no tendré más goteras, dijo Sonia. ¡Y de pronto tuvo una revelación! ¡Se le iluminó la mente!
¡Claro! La gotera, al igual que las grietas, los derrumbes, las inundaciones, los, las filtraciones y otros daños, no son causados por el agua sino por una falla, un defecto o un daño estructural. Las condiciones externas adversas solo hacen que estas fallas se manifiesten ya que muchas veces no las vemos ni nos percatamos de esas fallas en tiempos favorables; pero eso no significa que no estén ahí, como un riesgo latente.
Lo mismo exactamente sucede con las relaciones humanas de amistad, románticas, familiares, de trabajo o cualquier otra...Las relaciones humanas no se destruyen de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera, debido a fallas estructurales que no permiten resistir los factores externos que a veces son adversos.
La estructura de toda relación se fortalece y se "impermeabiliza" con comunicación, respeto, consideración, empatía, simpatía, constancia, congruencia, prudencia y sobre todo mucho mantenimiento.
Cuando una ruptura se detona debido a "un factor externo", es porque ese factor encontró cabida por alguna grieta o falla estructural. Una relación débil se derrumba, mientras que una sólida y bien construida resiste el embate.
La reflexión de la gotera le dejó a Sonia un aprendizaje importante así como muchas respuestas para su crecimiento personal haciéndose responsable de la salud estructural de las relaciones que construye. Ahora Sonia "impermeabiliza" su vida y sus vínculos dándoles mantenimiento adecuado constantemente. Se despejó la tristeza, tomó las riendas de su ser y se fue cantando esa de Luis Miguel: "no culpes a la noche, no culpes a la playa, no culpes a la lluvia...la-rá, la, lá..."

La Historia de las Cruces.


 Por: Susana Valdés Levy

Tengo amigos de mi edad que ya no tienen a sus padres. Ellos me dicen que nunca se es demasiado "adulto" para aceptar la orfandad. Los padres siempre hacen falta. Algunos de ellos, que y...a no tienen a sus padres en este mundo, me dicen que en sus oraciones los buscan y hablan con ellos para pedirles consejo. Y sí, el consejo, la querencia, el aroma de la casa paterna, la raíz. Nos creemos autosuficientes e independientes y, tal vez en la mayoría de los casos lo seamos...Pero a veces, la vida nos golpea, nos confunde, nos asusta o nos pierde y pensamos en los padres y en la casa donde crecimos.
Ya como adultos, vamos a casa de los padres nada más a "tocar base", a reencontrarnos con nosotros mismos. No contamos nuestros problemas para no mortificar a los viejos. Pero nos alivia su presencia, su hospitalidad, su calma y la sencillez de su vida. Nos reconforta el abrazo de bienvenida de mamá, la sensatez y la calma de papá, el calor del hogar paterno...Ese mensaje que nos dan con su sola forma de llevar la vida, contentándose con tan poquito, donde nos dicen que nada es tan grave, ni tan malo, ni tan trascendente, ni tan importante como creemos.
Hoy llevé a mi mamá a cenar a un restaurante. Platicamos mucho y algunos de mis problemas cotidianos se escabulleron y se dejaron entrever por más que quisiera contenerlos. No tuve que decir mucho...Mamá, como todas las madres, sabe leer la mente y el alma de sus hijos. Entonces, me contó la historia de un hombre llamado Juan.
Hija, me dijo -Juan era un hombre que estaba muy cansado, agobiado y muy fatigado de llevar a cuestas su cruz. Un día Juan habló con Dios y le dijo de su cansancio. "Señor, ya no puedo más. Esta cruz que llevo a cuestas es muy pesada. Estoy cansado, fatigado, no puedo más. Por favor, cambia mi carga por otra distinta". Entonces Dios le dijo a Juan: -"Hijo, ahí en esa puerta que está frente a ti tengo una bodega llena de cruces. Hay muchas y de todos tipos. Entra ahí, deja tu cruz y cámbiala por la que tú quieras o prefieras de entre todas las que ahí encuentres."
Entonces Juan entró a la bodega y vio todas y cada una de las cruces que había en el inventario de se almacén. Tardó un buen rato y al cabo de un tiempo largo salió diciendo: "Dios, he recorrido el almacén de cruces y te agradezco la oportunidad de permitirme ver que cada cruz tiene su peso y que, aun que unas parezcan menos gravosas que otras, la única que puedo cargar es la mía, porque mi cruz representa mi propio camino, mi verdad y mi vida, representa aquello que solo yo puedo entender, enfrentar y resolver para encontrar mi propio Ser y encuentro con la divinidad que hay en mi. Si es la historia de mi vida ¿Quién más habría de cargarla? Descubrí que sólo mi cruz me corresponde. Me quedo con mi propia cruz."
Entendí el mensaje y en ese momento vi a mi madre, con todo el amor, el respeto y la admiración que uno puede sentir para con quien nos ha forjado el carácter y el espíritu. La veo como a quien no solo da la vida, sino que además espera habernos dado el valor y las agallas para enfrentar la vida que nos toca vivir con dignidad y fortaleza y resolver el enigma de nuestra cruz, que puede ser martirio o puede ser gloria.
Hoy se que lo que tengo que hacer. ¡Gracias mamá!

lunes, 26 de agosto de 2013

Despedida


Bitácora de mi Patio-Jardín:
Por: Susana Valdés Levy.

Muchas cosas en mi vida han cambiado. Algunas de ellas me obligan a tomar decisiones que no quisiera enfrentar pero que tampoco puedo eludir. Bien dicen los budistas que los apegos son ...la principal causa del sufrimiento.
Hoy estuve en mi patio-jardín. Les dije a mis plantas, a mis macetas, al crespón y a la lavanda, al olivo y a la madreselva, al laurel, al tomillo, la albahaca, a la yerbabuena, a mis geranios, mis rosales y a mis gardenias...que voy a vender la casa. Tal vez tenga que mudarme a un departamento pequeño donde apenas haya un balcón y a muchas de ellas tendré que darlas en adopción o dejarlas aquí con la esperanza de que el nuevo dueño cuide de ellas y las escuche, les platique y las ame como las he amado yo.
Mi patio-jardín ha sido mi refugio, mi terapia, mi santuario, mi templo, mi cáliz de vida. Con todo y los chapulines cojelones, el grillo cantor, el granizo inesperado... hubo un contacto, una afinidad, una empatía y un enorme, profundo sentido de pertenencia.
Les dije cuánto me dolía esto pero la vida es cambio y a veces, uno tiene que soltar aquellas cosas que significaron tanto. En eso, escuchamos el estruendo de los relámpagos que venían por el cañón del Huajuco al sur de la ciudad y se acercaban por un lado del Cerro de la Silla.
Los árboles aledaños comenzaron a bailar con el viento dándole la bienvenida a la lluvia tan benefactora.
Mis plantas me invitaron a quedarme, cual si fuera un ritual, una ceremonia de unión y compromiso. Me invitaron a estar con ellas en este bautismo del cielo hecho con el agua pura de la lluvia que no ha tenido contacto humano alguno. Me quedé.
Junto a ellas recibí las gotas frías de agua sobre mi cabeza, las vi felices bañándose con la lluvia. "La vida sigue" me dijeron...."todo es un ciclo" la lluvia misma te lo dice. A veces decimos hola y bienvenidos y a veces decimos adiós y parabienes.
Hoy recibí un bautismo maravilloso, con agua pura de Dios, bendita por naturaleza.
Deseo que quien se quede con mis plantas, sepa cuidarlas y respetarlas, que sepa que están vivas, que sienten, que encuentran su lugar y que comunican su sentir.
Bendita lluvia bautismal. Bendito ritual que nos une...que siga la vida...Las extrañaré.

viernes, 9 de agosto de 2013

Muestra Gratis



Por Susana Valdés Levy

Recuerdo que en los noviazgos de las generaciones anteriores, había reglas muy estrictas: Primero, invariablemente, el noviazgo era “la antesala” del matrimonio. Vaya, si no se tenía nada que ofrecer y no estaba en los planes formalizar en algún momento la relación, el noviazgo no tenía razón de ser. La culminación del noviazgo era recibir un anillo de compromiso, pasar a ser “prometidos” y casarse en un tiempo razonable. Segundo: a la novia se le respetaba como lo que era, “la futura madre de los hijos” y en ese mismo tenor, ella se daba a respetar. Había días y horarios de visita para el novio, no se le recibía en la casa si no estaban presentes los padres de la muchacha o algún otro “chaperón” los padres y familiares de los novios no se relacionaban muy confianzudamente” sino hasta que hubiera un compromiso formal de por medio, había horario para salir y también para llegar etc. Miles de requisitos para que aquella “hija de familia” saliera de la casa por la puerta principal y con la bendición de la familia, para iniciar su propio hogar.

No dudo de que muchas parejitas se las arreglaban para darse oportunidades extra motivadas por sus muy activas hormonas y en ocasiones entorpecidas neuronas. Por supuesto había las “escapaditas” y se lograban a base de mentiras a los padres y complicidades con los amigos. Muchos de estos casos terminaban en bodas precoces. Sin embargo se seguían cubriendo las apariencias en virtud de la reputación de las familias.

Curioso es que a pesar de todo aquello, o quizás por eso mismo, muchos matrimonios de entonces han fracasado. Algunos apuestan a decir que con tanto protocolo y tantas restricciones (no les llaman “valores”), nunca tuvieron oportunidad de conocer bien a sus parejas y de ahí que se llevaron tremenda desilusión que condujo al divorcio. Muchos de esos padres decidieron cambiar la estrategia y se volvieron mucho más permisivos con sus hijas e hijos, los tiempos cambiaron junto con ellos y los hijos tienen una forma muy diferente de llevar sus noviazgos. Ahora es común que parejas de jóvenes hablen de relaciones “free” (con derechos pero sin obligaciones), que tengan vida sexual activa, que salgan de viaje en grupos con otras parejas, que no tengan horarios, que los papás de los novios se hagan “cuates”, que vivan juntos sin casarse por un tiempo y lo más sorprendente: ahora resulta que se ve mal que la muchacha de muestras de quererse casar (que “presione”) y también han llegado a aceptar que los muchachos digan que no quieren matrimonio.

Tal vez sea porque vieron cosas tan desagradables en sus casas paternas que no quieren repetir ell error, o también sucede que primero quieran probar si son capaces de hacer las cosas de manera distinta y mejor. Sin embargo, los índices de divorcios, matrimonios fracasados y violencia familiar no han demostrado que lo de hoy sea mejor que lo de antes o viceversa. La diferencia más bien estriba en que antes, “la ropa sucia se lavaba en casa”.

La verdad es que si la mujer desea tener hijos dentro del esquema del matrimonio, el reloj biológico la coloca inexorablemente frente a una carrera contra el tiempo. Por eso algunas chicas presionan para casarse, en cambio los hombres tienen menos prisa, y tienen siempre la oportunidad de casarse cuando quieran con una chica 15 años menor si lo desean. Y es que últimamente los hombres están muy sobrevaluados en ese sentido y la mujer al haber cedido tanto terreno, ha pasado a devaluarse a sí misma y ahí anda recogiendo escombros.

Finalmente lo que vemos es un mercado de parejas jóvenes que parece un bazar persa: todo mundo regatea el compromiso, todos quieren trueque,  todos quieren muestra gratis y pilón, todos quieren mallugar sin comprar o la mercancía “a prueba”, con garantía so pena de devolución. Ni hablar…así está la cosa.

jueves, 8 de agosto de 2013

¿HASTA DONDE PODEMOS RESPETAR A LOS ANIMALES?


 
Por Susana Noyola Valdés

Hace poco cuando escuche lo de la “Carne Asada más Grande del Mundo” que van a hacer aquí en Monterrey me puse a pensar a fondo sobre los derechos de los animales, ya que lo mencionaban innecesariamente en algunos de los comentarios de la pagina que esta en contra de ese evento. Evento del cual yo también estoy completamente en contra, y más que nada, por la contaminación que eso va a provocar. Más delante aclararé por que me parecieron innecesarios los comentarios por el hecho de que vayan a morir muchas vacas, que finalmente son para comer.

En fin, los derechos de los animales es un tema que hoy en día muchos jóvenes apoyamos. Sabemos que existen diversas fundaciones que protegen esos derechos, unas para perros y gatos, otras en contra de las corridas de toros, otras contra los experimentos con animales, circos, etc.  Hay gente que hace manifestaciones y ese tipo de cosas para crear conciencia, yo he ido solo a una que hizo Prodan hace algunos años. Pero, ¿Hasta que punto tenemos razón los que estamos a favor de los derechos de los animales? Me incluyo en esa forma de pensar, más creo que algunos defensores de animales tienen teorías sin pies ni cabeza como los mismos que apoyan las corridas de toros. Sin ofender a los aficionados a los toros, no encuentro ninguna justificación que me parezca 100% razonable para defender su postura.

Existen activistas que optan por compartir fotografías de animales torturados en las redes sociales, disque para crear conciencia y sensibilizar a la sociedad. A mi en lo personal me parece innecesario compartir esas imágenes tan grotescas, es muy molesto y no digo que no sea una manera de crear conciencia, pero eso sí, de manera negativa. Deben implementar otras formas.

Otros que, como Peter Singer, un filósofo Australiano que ha escrito sobre los derechos de los animales, comparan el hecho de matar a una vaca para comerla con matar a un bebé recién nacido y comerlo también solo porque el bebé no ha desarrollado suficiente conciencia y es intelectualmente inferior. Para empezar si alguien fuese capaz de hacer tal cosa, lo más seguro es que termine en la cárcel. Además compara la protección a los animales con la liberación de los negros en África y en estados Unidos, diciendo al mismo tiempo que el humano y el animal no son iguales.

Obviamente, el animal y el humano no son iguales, eso es un hecho y entonces las comparaciones que hace éste señor son contradictorias. La esclavitud de los negros algún día llegó a ser cultural y socialmente aceptable. Ahora sabemos que no lo es de ninguna manera, y nos e puede comparar con los animales. Mucho menos lo del bebé con la vaca. También hay activistas que dicen lo contrario, de que el animal y el humano son iguales, y eso también es un error.

Aunque los animales no son iguales a nosotros esta comprobado que si tienen emociones, y en efecto, son capaces de crear lazos emocionales con los humanos. Es cierto, que su nivel de emociones es menor a los de un humano y que también varía dependiendo del animal, pero eso sí, igual en los humanos en los cuales depende de cada quien la capacidad de sentir amor, odio etc.

 Ahora pondré un ejemplo sobre el tema de las corridas de toros, que hasta donde yo sé, es una práctica que todavía esta siendo cultural y socialmente aceptable y se anuncian públicamente. Yo que defiendo los derechos de los animales, como carne, lo acepto. Soy muy especial para comerla y no me gustan ciertos tipos de carne, pero a final de cuentas si la como. Estoy de acuerdo que si se mata a un animal por lo menos de aproveche su carne. No digo que los que les quitan la piel a los minks para hacer abrigos estén bien. Claro que no lo están, esa carne del no se aprovecha y los desollan estando vivos todavía. Se supone que después de que se muere el toro después de la corrida, se comen su carne y esa me imagino que no ha de saber muy bien, ya que se sabe que sueltan mucha adrenalina.

Hace unos días entre a una página de Face que apoya las corridas de toros. Leí algunos comentarios y algunas de las notas de los más aficionados. Algunas personas defendiendo su postura elegantemente sin criticar u ofender a los “bestialistas” como les llaman ellos a los animalistas (las personas que defendemos los derechos de los animales). Otros que de plano, bastante despectivos hacia los que estamos en contra de la “fiesta brava”. En un punto concuerdo en que hay muchos fanáticos dentro de la gente que protege a los animales, al grado de reaccionar violentamente contra los aficionados a los toros o con los circos. Yo soy de las que pienso que no se puede acabar la violencia con más violencia.

Uno de los comentarios de los aficionados de los toros que me pareció más patético fue uno en donde dicen que el toro de Libia tiene un grado mucho más alto de soporte al dolor que los perros, gatos y monos y que a demás el dolor se les olvida a los 5 minutos. Quería meterme a discutir, pero decidí que no. Primero que nada porque no me gustan las corridas de toros y no tengo nada que estar discutiendo ahi, y segundo porque un taurino no va a entender que como quiera que sea, esta causándole dolor injustificadamente a un ser vivo y que además le pinchan las espalda cada 5 a 10 min, o sea que el toro esta en un dolor constante.

Finalmente comentarios de esa misma pagina dicen que los animalistas son zoofílicos en el fondo y otras cosas horribles que no son ciertas. Se equivocan tanto como el Grizzly Man un “animalista” quién jugaba con los osos y convivía con ellos demasiado cerca hasta que se lo comieron y espero que no le pase lo mismo al “Lion man” que hace lo mismo pero con leones. Hay diferencias muy obvias entre los animales domésticos y los salvajes. Así como es una crueldad meter a los tigres de bengala en jaulas, entrenarlos a punta de toques eléctricos, cazarlos y colgar su cabeza en la sala, matar a un toro lentamente. También es imposible tratarlos como si fueran perros o gatos sin que algún día te coman vivo.

Pienso que el ser humano debe respetar a los animales salvajes, así como comprometerse a cuidar al perrito o gatito que adopten durante toda su vida. Todos somos parte de un ecosistema. No debemos matar por diversión ni meternos a la selva a tratar de abrazar a una pantera. Las dos cosas están mal, tanto para los que aman a los animales como para los que les dan igual.

Debemos vivir y dejar vivir.

martes, 6 de agosto de 2013

La Coyunda


 Por: Susana Valdés Levy.
Desde su noviazgo, Verónica era cliente asidua de las librerías. Ojalá fuera para leer grandes obras de la literatura, pero no. Iba por esos libros llamados “de autoayuda” pensando en encontrar la forma d...e entender su propia vida de pareja, empeñada en hacer funcionar lo disfuncional. Había adquirido ya toda una colección: “Tus zonas erróneas” “Mujeres que aman demasiado” “Por qué los hombres aman a las cabronas”, “Por qué los hombres no se comprometen”, “Quién entiende a los hombres” “Las leyes de Murphy para mujeres”, “Por qué los hombres no pueden ser fieles”…etc. Con solo echar un vistazo a las repisas del librero en su departamento, era fácil adivinar la biografía de Verónica en cuanto a su vida sentimental.
La suma de todos esos títulos no habla más que de una profunda e interminable insatisfacción convertida en obsesión. Amar a alguien no puede ser tan difícil, ni tan doloroso, ni tan complicado como para necesitar invertir tanto tiempo y dinero en instructivos que nos permitan entender qué está pasando con una relación que no fluye de forma natural y agradable.
Mi abuela decía que las relaciones de pareja deben servir para hacernos la vida más fácil y llevadera a los dos. Son para enfrentar juntos los momentos difíciles y las adversidades, y no para hacernos la vida difícil y adversa el uno al otro. La palabra “cónyuge” viene de llevar juntos el yugo. El yugo, según la Real Academia de la Lengua Española, es un instrumento de madera al cual, formando yunta, se uncen por la cabeza o el cuello, los bueyes, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, el timón del arado. Se trata de jalar juntos la carreta de la vida, de los hijos, de la familia, de la casa y de cuanta meta se propongan…juntos.
Los cónyuges no pueden chocar uno contra el otro, no puede ir uno delante del otro. Van juntos, lado a lado, en la misma dirección. Porque de otro modo la carreta no avanza.
Esto es tan simple, que no requiere de mayor explicación y mucho menos de instructivos. Cuando un buey no jala parejo, la coyunda no funciona y la carreta se atasca. ¿De qué sirve entonces leer y leer sobre por qué el buey no quiere andar a la par, o por qué el buey agarró para otro lado, o por qué el buey se echó y ya no quiere jalar? Se puede leer toda una colección de textos del tamaño de la Biblioteca de Alejandría y la respuesta finalmente es una: La coyunda debe jalar fuerte y parejo y si no, no es coyunda….mejor cómprate un tractor. Amar no debe ser tan difícil.
Verónica lee los libros de autoayuda de manera insaciable, sintiendo que el que las cosas funcionen está solo en sus manos, que solo depende de ella, que la culpa es solo suya, que si ella cambia, que si ella aprende a aceptar, que si ella cede, que si ella da sin pedir nada, que si se calla, que si lo seduce, que si no se deja, que si se vuelva más asertiva, que si le da un susto… Miles de consejos y técnicas para aplicar a base de “prueba y error”, garantizando el éxito indiscutible ante una relación fracasada. Pero la pareja, como el nombre lo indica, es cosa de dos. Un solo buey, por más libros que lea, no puede jalar solo la coyunda. En todo caso, solo tendrá que jalar la carreta, hacerlo con gusto y sin lastre.

lunes, 5 de agosto de 2013

¡Duermasé!

 
Por: Susana Valdés Levy
 
(Basado en hechos reales)
 
¿Qué será peor? ¿Hacer cosas buenas que parezcan malas, o hacer cosas malas que parezcan buenas? Hace muchos años, el padre de mi amigo Pancholín era chef (aquí se les llamaba "Jefe de cocina") en un tradicional restaurante de Monterrey. Cada noche al volver a casa, traía alguna delicia dentro de una bolsita de papel para darles a los niños. Su especialidad eran la lengua lampreada y las milanesas de res empanizadas. Estas últimas las preparaba a manera de torta, en pan francés recién horneado untado con mayonesa casera, aguacate, tomate y cebolla.
Pancholín y su hermanita esperaban con ansias, sentaditos en el pórtico de la casa,  la llegada de su papá cada noche saboreándose la torta que iban a disfrutar antes de dormir. A veces al papá se le hacía tarde, pero de igual modo los niños esperaban su respectiva torta.
Pronto Pancho se dio cuenta de que una sola torta no era suficiente e ideó una estrategia para poder tener mas. Primero experimentó con la hipnosis ya que había ido a ver a Taurus do Brasil al teatro, y de ahí le surgió la idea  de hipnotizar a su hermana pero no le funcionó. Entonces, se volvió experto en canciones de cuna y arrullos.
Cuando se acercaba la hora de que el papá volviera a la casa, Pancho comenzaba a cantarle a su hermanita los arrullos, una tras otra canción mientras le hacía "piojito" en la cabeza.
Haciendo bizcos y segundos antes de que el sueño la venciera, la hermanita alcanzaba a balbucear: "¡Mamá...Pancho me quiere dormir para comerse mi torta..!" "Shhhhh.....ru-ru-ru-ruuu" y la hermanita suspiraba profundo, ponía los ojos en blanco y los cerraba despacito para caer en un sueño placido. Así era cada noche.
Llegaba el papá, le daba las dos tortas a Pancholín y un besito en la frente a la nena dormida. Fue de este modo como Pancho conoció el insomnio, ya que, después de engullir dos tortas de milanesa empanizada con aguacate, difícilmente podía conciliar el sueño y cantarse canciones a sí mismo no surtía efecto alguno. ¿Hacer cosas malas que parezcan buenas o cosas buenas que parezcan malas? ¡Qué mas da! Al final el que la hace la paga.
 

Circo, Maroma y...¡Vamonos!


 

Por: Susana Valdés Levy.

Hubo un tiempo, cuando me llevaba mi abuelo Daniel, en el que me gustaba ir al circo. Bueno, me gustaba y no. Había cosas que me angustiaban y otras que me daban miedo. Pero esas angustias se olvidan. El olor a aserrín de la pista, las luces, el desfile de artistas al inicio del espectáculo. Los trapecistas y alambristas, los tigres, los elefantes, los payasitos enanos, el que se metía en una esfera de malla de acero a dar vueltas montado en una moto, la contorsionista, el de la catapulta…Yo no salía de mi asombro. El circo era otro mundo.

Muchos años después, cuando mi hija tenía tres años, mi mamá y yo decidimos llevar a mi niña a un circo que se había instalado en el lecho del Rio Santa Catarina. Yo estaba segura de que todo niño debe tener esa experiencia. Era evidente que el circo, aunque era uno “bueno”, ya no tenía el glamour que tuvieron los circos de antes. O tal vez yo ya lo veía diferente, como en decadencia.

Me acababan de pagar mi sueldo, yo traía todo el síndrome de mamá que trabaja y  recién divorciada que quiere compensar la ausencia con abundancia,  así que me lucí comprándole a mi hija y a mamá asientos en palco…primera fila. ¡Oh, craso error! A la niña le compré el sombrerito y la linternita, y la corneta, palomitas, refresco, nariz de payasito y cuanta chacharita pasaban a vender. Y empieza la función.

Primer acto: “¡La torre humana!” Y salen tres jóvenes, dos hombres y una mujer vestidos con leotardos grises. Un muchacho se paraba en los hombros del otro y finalmente la chica saltaba desde una catapulta para caer parada de manos sobre los hombros del segundo muchacho…Pero le falló. En primera fila vimos como la chica cayó de cara al piso y ya no se levantó. Yo pude escuchar cómo le tronaron los dientes. (¡Crach!) La levantaron inconsciente…pero, “el show debe continuar”.

Segundo acto: “¡Los gatos amaestrados!” –Vaya, ¡qué difícil! …Sacaron un gran baúl y lo pusieron junto al domador de gatos. Aplausos…El domador abrió el baúl y unos 30 gatos enfurecidos salieron corriendo en todas direcciones brincando, maullando y bufando por encima del público (incluyéndonos) y huyeron de la carpa para nunca más volver…En el tercer acto, que era de trapecistas, se soltó el trapecio pero afortunadamente había red.

El siguiente acto que vendría después del intermedio, era el de los tigres de bengala.  A como venían resultando las cosas en este desafortunado circo, decidimos no quedarnos a ver si acaso algo podía salir mal con los enormes felinos mientras nosotros estábamos en primera fila, listas para convertirnos en la cena y botana de esos animalitos. ¡No, de plano, vámonos de aquí, el circo ya no es como antes!

¿Resolver o Disolver?


Por: Susana Valdés Levy
No es difícil deducir que el divorcio es endémico en las grandes comunidades urbanas. El acelerado ritmo y complejidad de la vida en las ciudades modernas seguramente son un factor determinante ...en el número de casos de divorcio. Además, la gran mayoría de estas separaciones, no se da solamente por “incompatibilidad de caracteres” aunque así se quiera dejar por sentado. Un gran porcentaje de estos casos tienen un antecedente de violencia de algún tipo, ya sea verbal, física, psicológica, económica, sexual, etc.. La soledad, la infidelidad, la incomunicación, el desavenimiento, el sentimiento de desamparo y de incomprensión son más constantes que variables. ¡Y ni qué decir de las complicaciones económicas!
El matrimonio no es solo un vínculo romántico o amoroso, no es un "noviazgo prolongado", sino también y antes que ninguna otra cosa, es un contrato civil, una sociedad cuya empresa es generalmente la familia. Un matrimonio en problemas es equivalente a una familia en crisis, a un patrimonio en riesgo y a un futuro incierto debido a la gran cantidad de emociones y sentimientos encontrados que entran en juego. Este, es el peor momento para tomar una decisión o para responder a la gran pregunta: ¿Resolver o disolver el matrimonio?
Como no vivimos aislados, debemos estar conscientes de que nuestra decisión, cualquiera que esta sea, afectará a otras personas en mayor o menor grado. También, el irnos o quedarnos tendrá consecuencias a futuro. Hay elementos a los que yo llamo: “factores cegadores” que entorpecen nuestra capacidad para pensar y decidir de manera inteligente en estas circunstancias. Algunos de esos factores cegadores son: el enojo intenso, el dolor, los celos, el miedo, el rencor, el deseo de venganza, la culpa, entre otros. Otro elemento cegador es sin duda, la posible presencia e influencia de un tercero(a). Involucrarse “románticamente” con alguien más durante el proceso de conflicto con la pareja, es un riesgo grande que las cosas se compliquen mucho más.
Cuando el matrimonio está en serios problemas, el dilema de resolver o disolver será quizás, la decisión más importante, más delicada y más inteligente que debamos tomar ya que tendrá repercusiones a corto, mediano y largo plazo en nuestras vidas y en las de otros seres queridos y cercanos.
¿Qué hacer? Un pacto de separación temporal (por lo menos de 21 días) a manera de “retiro emocional” es recomendable. Un tiempo razonable de “descontaminación psicológica” fuera del núcleo del conflicto. (Time out). No verse y no hablar por un tiempo razonable con la pareja ayudará a romper el ciclo vicioso de la pelea constante y permitirá hasta cierto punto el restablecimiento de la calma mental, indispensable para decidir coherentemente lo que nos parezca mejor.
Aunque hoy en día el divorcio es visto como una solución, no siempre es la mejor idea. No todo es blanco o negro, Lo importante es abrir un margen de negociación con el objetivo de buscar una solución conveniente y viable para la pareja. Si se decide resolver, seguramente habrá muchas cosas en qué trabajar dentro de la dinámica del matrimonio. Si se decide disolver habrá que buscar la forma más civilizada y responsable de hacerlo.

El Dulcero


 Por: Susana Valdés Levy.
Macario pasaba todas las tardes por mi casa. Llevaba al hombro lo que sería la base de una mesita plegadiza de madera que se abría como tijera y un sombrero de paja sobre el cual equilibraba la charola con todos los dulces muy bien acomodados.
Lo recuerdo muy delgado, moreno, curtido por el sol. Usaba bigote y siempre se vestía con un pantalón gris, camisa clara de botones con las mangas enrolladas hasta los codos y huaraches con suela de llanta.
Cuando lo veíamos venir por la calle de Río Bravo, todos los niños y niñas de la cuadra corríamos a alcanzarlo. Ninguno de nosotros tenía más de cinco pesos en su haber y eso era ya mucho decir.
Entonces Macario se descolgaba del hombro las patas de la mesita y la colocaba en la calle, lentamente bajaba la charola de dulces de su cabeza y nos presentaba aquellas delicias: muéganos, charamuscas, obleas, cocada, cacahuates garapiñados, cocada de tres colores (rosa, blanca y verde), dulces de cajeta y nuez, Dulce de amaranto, ajonjolí y piñones, hostias de colores y dulce de arroz inflado.
Con cinco pesos alcanzaba para comprar bastante. Macario era un buen hombre y cuando uno de nosotros no traía dinero, nos fiaba. Todos disfrutábamos mucho de esos deliciosos dulces mexicanos rústicos y multicolores que nada le pedían a los chocolates de McAllen con sus saborizantes artificiales.
Luego de la venta, el dulcero echaba las monedas en un morralito, volvía a colocar la charola sobre su cabeza, las patas de la mesa en su hombro y seguía su camino. Así era todos los días, como a eso de las cinco de la tarde, año tras año, hasta que nuestra infancia quedó atrás junto con nuestras bicicletas, los guantes de beisbol, los tenis Converse, los pantalones de mezclilla "brinca-charcos", o los que mamá nos había cortado de piquitos en zig-zag a nivel de la rodilla y las camisetas de algodón.
No podría asegurar con certeza si fue que un buen día nosotros ya no salimos a encontrarlo en su trayecto o si simplemente Macario dejó de pasar por el barrio por alguna otra razón. Solo sé que aquel feliz capitulo de la infancia, con su dulce rutina, se cerró y con él uno de nuestros personajes más conocidos y cotidianos. No sé que fue de Macario pero, contando los años supongo que ya habrá fallecido.
Ahora, tanto tiempo después, cuando ya ni nosotros ni el barrio somos los mismos, cada vez que tengo oportunidad de comer un muégano, una charamusca o una cocada, vuelven a mí muchos recuerdos e imágenes memorables de aquella época. Por supuesto recuerdo antes que nada al buen dulcero Macario, con su piel morena curtida por el sol y el tintineo de mis moneditas de a peso, tostón y veinte sonando alegremente en el bolsillo de mi pantalón mientras corría para alcanzarlo como si fuera el último día para comprarle un dulce... como alguna vez lo fue.