lunes, 26 de agosto de 2013

Despedida


Bitácora de mi Patio-Jardín:
Por: Susana Valdés Levy.

Muchas cosas en mi vida han cambiado. Algunas de ellas me obligan a tomar decisiones que no quisiera enfrentar pero que tampoco puedo eludir. Bien dicen los budistas que los apegos son ...la principal causa del sufrimiento.
Hoy estuve en mi patio-jardín. Les dije a mis plantas, a mis macetas, al crespón y a la lavanda, al olivo y a la madreselva, al laurel, al tomillo, la albahaca, a la yerbabuena, a mis geranios, mis rosales y a mis gardenias...que voy a vender la casa. Tal vez tenga que mudarme a un departamento pequeño donde apenas haya un balcón y a muchas de ellas tendré que darlas en adopción o dejarlas aquí con la esperanza de que el nuevo dueño cuide de ellas y las escuche, les platique y las ame como las he amado yo.
Mi patio-jardín ha sido mi refugio, mi terapia, mi santuario, mi templo, mi cáliz de vida. Con todo y los chapulines cojelones, el grillo cantor, el granizo inesperado... hubo un contacto, una afinidad, una empatía y un enorme, profundo sentido de pertenencia.
Les dije cuánto me dolía esto pero la vida es cambio y a veces, uno tiene que soltar aquellas cosas que significaron tanto. En eso, escuchamos el estruendo de los relámpagos que venían por el cañón del Huajuco al sur de la ciudad y se acercaban por un lado del Cerro de la Silla.
Los árboles aledaños comenzaron a bailar con el viento dándole la bienvenida a la lluvia tan benefactora.
Mis plantas me invitaron a quedarme, cual si fuera un ritual, una ceremonia de unión y compromiso. Me invitaron a estar con ellas en este bautismo del cielo hecho con el agua pura de la lluvia que no ha tenido contacto humano alguno. Me quedé.
Junto a ellas recibí las gotas frías de agua sobre mi cabeza, las vi felices bañándose con la lluvia. "La vida sigue" me dijeron...."todo es un ciclo" la lluvia misma te lo dice. A veces decimos hola y bienvenidos y a veces decimos adiós y parabienes.
Hoy recibí un bautismo maravilloso, con agua pura de Dios, bendita por naturaleza.
Deseo que quien se quede con mis plantas, sepa cuidarlas y respetarlas, que sepa que están vivas, que sienten, que encuentran su lugar y que comunican su sentir.
Bendita lluvia bautismal. Bendito ritual que nos une...que siga la vida...Las extrañaré.

viernes, 9 de agosto de 2013

Muestra Gratis



Por Susana Valdés Levy

Recuerdo que en los noviazgos de las generaciones anteriores, había reglas muy estrictas: Primero, invariablemente, el noviazgo era “la antesala” del matrimonio. Vaya, si no se tenía nada que ofrecer y no estaba en los planes formalizar en algún momento la relación, el noviazgo no tenía razón de ser. La culminación del noviazgo era recibir un anillo de compromiso, pasar a ser “prometidos” y casarse en un tiempo razonable. Segundo: a la novia se le respetaba como lo que era, “la futura madre de los hijos” y en ese mismo tenor, ella se daba a respetar. Había días y horarios de visita para el novio, no se le recibía en la casa si no estaban presentes los padres de la muchacha o algún otro “chaperón” los padres y familiares de los novios no se relacionaban muy confianzudamente” sino hasta que hubiera un compromiso formal de por medio, había horario para salir y también para llegar etc. Miles de requisitos para que aquella “hija de familia” saliera de la casa por la puerta principal y con la bendición de la familia, para iniciar su propio hogar.

No dudo de que muchas parejitas se las arreglaban para darse oportunidades extra motivadas por sus muy activas hormonas y en ocasiones entorpecidas neuronas. Por supuesto había las “escapaditas” y se lograban a base de mentiras a los padres y complicidades con los amigos. Muchos de estos casos terminaban en bodas precoces. Sin embargo se seguían cubriendo las apariencias en virtud de la reputación de las familias.

Curioso es que a pesar de todo aquello, o quizás por eso mismo, muchos matrimonios de entonces han fracasado. Algunos apuestan a decir que con tanto protocolo y tantas restricciones (no les llaman “valores”), nunca tuvieron oportunidad de conocer bien a sus parejas y de ahí que se llevaron tremenda desilusión que condujo al divorcio. Muchos de esos padres decidieron cambiar la estrategia y se volvieron mucho más permisivos con sus hijas e hijos, los tiempos cambiaron junto con ellos y los hijos tienen una forma muy diferente de llevar sus noviazgos. Ahora es común que parejas de jóvenes hablen de relaciones “free” (con derechos pero sin obligaciones), que tengan vida sexual activa, que salgan de viaje en grupos con otras parejas, que no tengan horarios, que los papás de los novios se hagan “cuates”, que vivan juntos sin casarse por un tiempo y lo más sorprendente: ahora resulta que se ve mal que la muchacha de muestras de quererse casar (que “presione”) y también han llegado a aceptar que los muchachos digan que no quieren matrimonio.

Tal vez sea porque vieron cosas tan desagradables en sus casas paternas que no quieren repetir ell error, o también sucede que primero quieran probar si son capaces de hacer las cosas de manera distinta y mejor. Sin embargo, los índices de divorcios, matrimonios fracasados y violencia familiar no han demostrado que lo de hoy sea mejor que lo de antes o viceversa. La diferencia más bien estriba en que antes, “la ropa sucia se lavaba en casa”.

La verdad es que si la mujer desea tener hijos dentro del esquema del matrimonio, el reloj biológico la coloca inexorablemente frente a una carrera contra el tiempo. Por eso algunas chicas presionan para casarse, en cambio los hombres tienen menos prisa, y tienen siempre la oportunidad de casarse cuando quieran con una chica 15 años menor si lo desean. Y es que últimamente los hombres están muy sobrevaluados en ese sentido y la mujer al haber cedido tanto terreno, ha pasado a devaluarse a sí misma y ahí anda recogiendo escombros.

Finalmente lo que vemos es un mercado de parejas jóvenes que parece un bazar persa: todo mundo regatea el compromiso, todos quieren trueque,  todos quieren muestra gratis y pilón, todos quieren mallugar sin comprar o la mercancía “a prueba”, con garantía so pena de devolución. Ni hablar…así está la cosa.

jueves, 8 de agosto de 2013

¿HASTA DONDE PODEMOS RESPETAR A LOS ANIMALES?


 
Por Susana Noyola Valdés

Hace poco cuando escuche lo de la “Carne Asada más Grande del Mundo” que van a hacer aquí en Monterrey me puse a pensar a fondo sobre los derechos de los animales, ya que lo mencionaban innecesariamente en algunos de los comentarios de la pagina que esta en contra de ese evento. Evento del cual yo también estoy completamente en contra, y más que nada, por la contaminación que eso va a provocar. Más delante aclararé por que me parecieron innecesarios los comentarios por el hecho de que vayan a morir muchas vacas, que finalmente son para comer.

En fin, los derechos de los animales es un tema que hoy en día muchos jóvenes apoyamos. Sabemos que existen diversas fundaciones que protegen esos derechos, unas para perros y gatos, otras en contra de las corridas de toros, otras contra los experimentos con animales, circos, etc.  Hay gente que hace manifestaciones y ese tipo de cosas para crear conciencia, yo he ido solo a una que hizo Prodan hace algunos años. Pero, ¿Hasta que punto tenemos razón los que estamos a favor de los derechos de los animales? Me incluyo en esa forma de pensar, más creo que algunos defensores de animales tienen teorías sin pies ni cabeza como los mismos que apoyan las corridas de toros. Sin ofender a los aficionados a los toros, no encuentro ninguna justificación que me parezca 100% razonable para defender su postura.

Existen activistas que optan por compartir fotografías de animales torturados en las redes sociales, disque para crear conciencia y sensibilizar a la sociedad. A mi en lo personal me parece innecesario compartir esas imágenes tan grotescas, es muy molesto y no digo que no sea una manera de crear conciencia, pero eso sí, de manera negativa. Deben implementar otras formas.

Otros que, como Peter Singer, un filósofo Australiano que ha escrito sobre los derechos de los animales, comparan el hecho de matar a una vaca para comerla con matar a un bebé recién nacido y comerlo también solo porque el bebé no ha desarrollado suficiente conciencia y es intelectualmente inferior. Para empezar si alguien fuese capaz de hacer tal cosa, lo más seguro es que termine en la cárcel. Además compara la protección a los animales con la liberación de los negros en África y en estados Unidos, diciendo al mismo tiempo que el humano y el animal no son iguales.

Obviamente, el animal y el humano no son iguales, eso es un hecho y entonces las comparaciones que hace éste señor son contradictorias. La esclavitud de los negros algún día llegó a ser cultural y socialmente aceptable. Ahora sabemos que no lo es de ninguna manera, y nos e puede comparar con los animales. Mucho menos lo del bebé con la vaca. También hay activistas que dicen lo contrario, de que el animal y el humano son iguales, y eso también es un error.

Aunque los animales no son iguales a nosotros esta comprobado que si tienen emociones, y en efecto, son capaces de crear lazos emocionales con los humanos. Es cierto, que su nivel de emociones es menor a los de un humano y que también varía dependiendo del animal, pero eso sí, igual en los humanos en los cuales depende de cada quien la capacidad de sentir amor, odio etc.

 Ahora pondré un ejemplo sobre el tema de las corridas de toros, que hasta donde yo sé, es una práctica que todavía esta siendo cultural y socialmente aceptable y se anuncian públicamente. Yo que defiendo los derechos de los animales, como carne, lo acepto. Soy muy especial para comerla y no me gustan ciertos tipos de carne, pero a final de cuentas si la como. Estoy de acuerdo que si se mata a un animal por lo menos de aproveche su carne. No digo que los que les quitan la piel a los minks para hacer abrigos estén bien. Claro que no lo están, esa carne del no se aprovecha y los desollan estando vivos todavía. Se supone que después de que se muere el toro después de la corrida, se comen su carne y esa me imagino que no ha de saber muy bien, ya que se sabe que sueltan mucha adrenalina.

Hace unos días entre a una página de Face que apoya las corridas de toros. Leí algunos comentarios y algunas de las notas de los más aficionados. Algunas personas defendiendo su postura elegantemente sin criticar u ofender a los “bestialistas” como les llaman ellos a los animalistas (las personas que defendemos los derechos de los animales). Otros que de plano, bastante despectivos hacia los que estamos en contra de la “fiesta brava”. En un punto concuerdo en que hay muchos fanáticos dentro de la gente que protege a los animales, al grado de reaccionar violentamente contra los aficionados a los toros o con los circos. Yo soy de las que pienso que no se puede acabar la violencia con más violencia.

Uno de los comentarios de los aficionados de los toros que me pareció más patético fue uno en donde dicen que el toro de Libia tiene un grado mucho más alto de soporte al dolor que los perros, gatos y monos y que a demás el dolor se les olvida a los 5 minutos. Quería meterme a discutir, pero decidí que no. Primero que nada porque no me gustan las corridas de toros y no tengo nada que estar discutiendo ahi, y segundo porque un taurino no va a entender que como quiera que sea, esta causándole dolor injustificadamente a un ser vivo y que además le pinchan las espalda cada 5 a 10 min, o sea que el toro esta en un dolor constante.

Finalmente comentarios de esa misma pagina dicen que los animalistas son zoofílicos en el fondo y otras cosas horribles que no son ciertas. Se equivocan tanto como el Grizzly Man un “animalista” quién jugaba con los osos y convivía con ellos demasiado cerca hasta que se lo comieron y espero que no le pase lo mismo al “Lion man” que hace lo mismo pero con leones. Hay diferencias muy obvias entre los animales domésticos y los salvajes. Así como es una crueldad meter a los tigres de bengala en jaulas, entrenarlos a punta de toques eléctricos, cazarlos y colgar su cabeza en la sala, matar a un toro lentamente. También es imposible tratarlos como si fueran perros o gatos sin que algún día te coman vivo.

Pienso que el ser humano debe respetar a los animales salvajes, así como comprometerse a cuidar al perrito o gatito que adopten durante toda su vida. Todos somos parte de un ecosistema. No debemos matar por diversión ni meternos a la selva a tratar de abrazar a una pantera. Las dos cosas están mal, tanto para los que aman a los animales como para los que les dan igual.

Debemos vivir y dejar vivir.

martes, 6 de agosto de 2013

La Coyunda


 Por: Susana Valdés Levy.
Desde su noviazgo, Verónica era cliente asidua de las librerías. Ojalá fuera para leer grandes obras de la literatura, pero no. Iba por esos libros llamados “de autoayuda” pensando en encontrar la forma d...e entender su propia vida de pareja, empeñada en hacer funcionar lo disfuncional. Había adquirido ya toda una colección: “Tus zonas erróneas” “Mujeres que aman demasiado” “Por qué los hombres aman a las cabronas”, “Por qué los hombres no se comprometen”, “Quién entiende a los hombres” “Las leyes de Murphy para mujeres”, “Por qué los hombres no pueden ser fieles”…etc. Con solo echar un vistazo a las repisas del librero en su departamento, era fácil adivinar la biografía de Verónica en cuanto a su vida sentimental.
La suma de todos esos títulos no habla más que de una profunda e interminable insatisfacción convertida en obsesión. Amar a alguien no puede ser tan difícil, ni tan doloroso, ni tan complicado como para necesitar invertir tanto tiempo y dinero en instructivos que nos permitan entender qué está pasando con una relación que no fluye de forma natural y agradable.
Mi abuela decía que las relaciones de pareja deben servir para hacernos la vida más fácil y llevadera a los dos. Son para enfrentar juntos los momentos difíciles y las adversidades, y no para hacernos la vida difícil y adversa el uno al otro. La palabra “cónyuge” viene de llevar juntos el yugo. El yugo, según la Real Academia de la Lengua Española, es un instrumento de madera al cual, formando yunta, se uncen por la cabeza o el cuello, los bueyes, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, el timón del arado. Se trata de jalar juntos la carreta de la vida, de los hijos, de la familia, de la casa y de cuanta meta se propongan…juntos.
Los cónyuges no pueden chocar uno contra el otro, no puede ir uno delante del otro. Van juntos, lado a lado, en la misma dirección. Porque de otro modo la carreta no avanza.
Esto es tan simple, que no requiere de mayor explicación y mucho menos de instructivos. Cuando un buey no jala parejo, la coyunda no funciona y la carreta se atasca. ¿De qué sirve entonces leer y leer sobre por qué el buey no quiere andar a la par, o por qué el buey agarró para otro lado, o por qué el buey se echó y ya no quiere jalar? Se puede leer toda una colección de textos del tamaño de la Biblioteca de Alejandría y la respuesta finalmente es una: La coyunda debe jalar fuerte y parejo y si no, no es coyunda….mejor cómprate un tractor. Amar no debe ser tan difícil.
Verónica lee los libros de autoayuda de manera insaciable, sintiendo que el que las cosas funcionen está solo en sus manos, que solo depende de ella, que la culpa es solo suya, que si ella cambia, que si ella aprende a aceptar, que si ella cede, que si ella da sin pedir nada, que si se calla, que si lo seduce, que si no se deja, que si se vuelva más asertiva, que si le da un susto… Miles de consejos y técnicas para aplicar a base de “prueba y error”, garantizando el éxito indiscutible ante una relación fracasada. Pero la pareja, como el nombre lo indica, es cosa de dos. Un solo buey, por más libros que lea, no puede jalar solo la coyunda. En todo caso, solo tendrá que jalar la carreta, hacerlo con gusto y sin lastre.

lunes, 5 de agosto de 2013

¡Duermasé!

 
Por: Susana Valdés Levy
 
(Basado en hechos reales)
 
¿Qué será peor? ¿Hacer cosas buenas que parezcan malas, o hacer cosas malas que parezcan buenas? Hace muchos años, el padre de mi amigo Pancholín era chef (aquí se les llamaba "Jefe de cocina") en un tradicional restaurante de Monterrey. Cada noche al volver a casa, traía alguna delicia dentro de una bolsita de papel para darles a los niños. Su especialidad eran la lengua lampreada y las milanesas de res empanizadas. Estas últimas las preparaba a manera de torta, en pan francés recién horneado untado con mayonesa casera, aguacate, tomate y cebolla.
Pancholín y su hermanita esperaban con ansias, sentaditos en el pórtico de la casa,  la llegada de su papá cada noche saboreándose la torta que iban a disfrutar antes de dormir. A veces al papá se le hacía tarde, pero de igual modo los niños esperaban su respectiva torta.
Pronto Pancho se dio cuenta de que una sola torta no era suficiente e ideó una estrategia para poder tener mas. Primero experimentó con la hipnosis ya que había ido a ver a Taurus do Brasil al teatro, y de ahí le surgió la idea  de hipnotizar a su hermana pero no le funcionó. Entonces, se volvió experto en canciones de cuna y arrullos.
Cuando se acercaba la hora de que el papá volviera a la casa, Pancho comenzaba a cantarle a su hermanita los arrullos, una tras otra canción mientras le hacía "piojito" en la cabeza.
Haciendo bizcos y segundos antes de que el sueño la venciera, la hermanita alcanzaba a balbucear: "¡Mamá...Pancho me quiere dormir para comerse mi torta..!" "Shhhhh.....ru-ru-ru-ruuu" y la hermanita suspiraba profundo, ponía los ojos en blanco y los cerraba despacito para caer en un sueño placido. Así era cada noche.
Llegaba el papá, le daba las dos tortas a Pancholín y un besito en la frente a la nena dormida. Fue de este modo como Pancho conoció el insomnio, ya que, después de engullir dos tortas de milanesa empanizada con aguacate, difícilmente podía conciliar el sueño y cantarse canciones a sí mismo no surtía efecto alguno. ¿Hacer cosas malas que parezcan buenas o cosas buenas que parezcan malas? ¡Qué mas da! Al final el que la hace la paga.
 

Circo, Maroma y...¡Vamonos!


 

Por: Susana Valdés Levy.

Hubo un tiempo, cuando me llevaba mi abuelo Daniel, en el que me gustaba ir al circo. Bueno, me gustaba y no. Había cosas que me angustiaban y otras que me daban miedo. Pero esas angustias se olvidan. El olor a aserrín de la pista, las luces, el desfile de artistas al inicio del espectáculo. Los trapecistas y alambristas, los tigres, los elefantes, los payasitos enanos, el que se metía en una esfera de malla de acero a dar vueltas montado en una moto, la contorsionista, el de la catapulta…Yo no salía de mi asombro. El circo era otro mundo.

Muchos años después, cuando mi hija tenía tres años, mi mamá y yo decidimos llevar a mi niña a un circo que se había instalado en el lecho del Rio Santa Catarina. Yo estaba segura de que todo niño debe tener esa experiencia. Era evidente que el circo, aunque era uno “bueno”, ya no tenía el glamour que tuvieron los circos de antes. O tal vez yo ya lo veía diferente, como en decadencia.

Me acababan de pagar mi sueldo, yo traía todo el síndrome de mamá que trabaja y  recién divorciada que quiere compensar la ausencia con abundancia,  así que me lucí comprándole a mi hija y a mamá asientos en palco…primera fila. ¡Oh, craso error! A la niña le compré el sombrerito y la linternita, y la corneta, palomitas, refresco, nariz de payasito y cuanta chacharita pasaban a vender. Y empieza la función.

Primer acto: “¡La torre humana!” Y salen tres jóvenes, dos hombres y una mujer vestidos con leotardos grises. Un muchacho se paraba en los hombros del otro y finalmente la chica saltaba desde una catapulta para caer parada de manos sobre los hombros del segundo muchacho…Pero le falló. En primera fila vimos como la chica cayó de cara al piso y ya no se levantó. Yo pude escuchar cómo le tronaron los dientes. (¡Crach!) La levantaron inconsciente…pero, “el show debe continuar”.

Segundo acto: “¡Los gatos amaestrados!” –Vaya, ¡qué difícil! …Sacaron un gran baúl y lo pusieron junto al domador de gatos. Aplausos…El domador abrió el baúl y unos 30 gatos enfurecidos salieron corriendo en todas direcciones brincando, maullando y bufando por encima del público (incluyéndonos) y huyeron de la carpa para nunca más volver…En el tercer acto, que era de trapecistas, se soltó el trapecio pero afortunadamente había red.

El siguiente acto que vendría después del intermedio, era el de los tigres de bengala.  A como venían resultando las cosas en este desafortunado circo, decidimos no quedarnos a ver si acaso algo podía salir mal con los enormes felinos mientras nosotros estábamos en primera fila, listas para convertirnos en la cena y botana de esos animalitos. ¡No, de plano, vámonos de aquí, el circo ya no es como antes!

¿Resolver o Disolver?


Por: Susana Valdés Levy
No es difícil deducir que el divorcio es endémico en las grandes comunidades urbanas. El acelerado ritmo y complejidad de la vida en las ciudades modernas seguramente son un factor determinante ...en el número de casos de divorcio. Además, la gran mayoría de estas separaciones, no se da solamente por “incompatibilidad de caracteres” aunque así se quiera dejar por sentado. Un gran porcentaje de estos casos tienen un antecedente de violencia de algún tipo, ya sea verbal, física, psicológica, económica, sexual, etc.. La soledad, la infidelidad, la incomunicación, el desavenimiento, el sentimiento de desamparo y de incomprensión son más constantes que variables. ¡Y ni qué decir de las complicaciones económicas!
El matrimonio no es solo un vínculo romántico o amoroso, no es un "noviazgo prolongado", sino también y antes que ninguna otra cosa, es un contrato civil, una sociedad cuya empresa es generalmente la familia. Un matrimonio en problemas es equivalente a una familia en crisis, a un patrimonio en riesgo y a un futuro incierto debido a la gran cantidad de emociones y sentimientos encontrados que entran en juego. Este, es el peor momento para tomar una decisión o para responder a la gran pregunta: ¿Resolver o disolver el matrimonio?
Como no vivimos aislados, debemos estar conscientes de que nuestra decisión, cualquiera que esta sea, afectará a otras personas en mayor o menor grado. También, el irnos o quedarnos tendrá consecuencias a futuro. Hay elementos a los que yo llamo: “factores cegadores” que entorpecen nuestra capacidad para pensar y decidir de manera inteligente en estas circunstancias. Algunos de esos factores cegadores son: el enojo intenso, el dolor, los celos, el miedo, el rencor, el deseo de venganza, la culpa, entre otros. Otro elemento cegador es sin duda, la posible presencia e influencia de un tercero(a). Involucrarse “románticamente” con alguien más durante el proceso de conflicto con la pareja, es un riesgo grande que las cosas se compliquen mucho más.
Cuando el matrimonio está en serios problemas, el dilema de resolver o disolver será quizás, la decisión más importante, más delicada y más inteligente que debamos tomar ya que tendrá repercusiones a corto, mediano y largo plazo en nuestras vidas y en las de otros seres queridos y cercanos.
¿Qué hacer? Un pacto de separación temporal (por lo menos de 21 días) a manera de “retiro emocional” es recomendable. Un tiempo razonable de “descontaminación psicológica” fuera del núcleo del conflicto. (Time out). No verse y no hablar por un tiempo razonable con la pareja ayudará a romper el ciclo vicioso de la pelea constante y permitirá hasta cierto punto el restablecimiento de la calma mental, indispensable para decidir coherentemente lo que nos parezca mejor.
Aunque hoy en día el divorcio es visto como una solución, no siempre es la mejor idea. No todo es blanco o negro, Lo importante es abrir un margen de negociación con el objetivo de buscar una solución conveniente y viable para la pareja. Si se decide resolver, seguramente habrá muchas cosas en qué trabajar dentro de la dinámica del matrimonio. Si se decide disolver habrá que buscar la forma más civilizada y responsable de hacerlo.

El Dulcero


 Por: Susana Valdés Levy.
Macario pasaba todas las tardes por mi casa. Llevaba al hombro lo que sería la base de una mesita plegadiza de madera que se abría como tijera y un sombrero de paja sobre el cual equilibraba la charola con todos los dulces muy bien acomodados.
Lo recuerdo muy delgado, moreno, curtido por el sol. Usaba bigote y siempre se vestía con un pantalón gris, camisa clara de botones con las mangas enrolladas hasta los codos y huaraches con suela de llanta.
Cuando lo veíamos venir por la calle de Río Bravo, todos los niños y niñas de la cuadra corríamos a alcanzarlo. Ninguno de nosotros tenía más de cinco pesos en su haber y eso era ya mucho decir.
Entonces Macario se descolgaba del hombro las patas de la mesita y la colocaba en la calle, lentamente bajaba la charola de dulces de su cabeza y nos presentaba aquellas delicias: muéganos, charamuscas, obleas, cocada, cacahuates garapiñados, cocada de tres colores (rosa, blanca y verde), dulces de cajeta y nuez, Dulce de amaranto, ajonjolí y piñones, hostias de colores y dulce de arroz inflado.
Con cinco pesos alcanzaba para comprar bastante. Macario era un buen hombre y cuando uno de nosotros no traía dinero, nos fiaba. Todos disfrutábamos mucho de esos deliciosos dulces mexicanos rústicos y multicolores que nada le pedían a los chocolates de McAllen con sus saborizantes artificiales.
Luego de la venta, el dulcero echaba las monedas en un morralito, volvía a colocar la charola sobre su cabeza, las patas de la mesa en su hombro y seguía su camino. Así era todos los días, como a eso de las cinco de la tarde, año tras año, hasta que nuestra infancia quedó atrás junto con nuestras bicicletas, los guantes de beisbol, los tenis Converse, los pantalones de mezclilla "brinca-charcos", o los que mamá nos había cortado de piquitos en zig-zag a nivel de la rodilla y las camisetas de algodón.
No podría asegurar con certeza si fue que un buen día nosotros ya no salimos a encontrarlo en su trayecto o si simplemente Macario dejó de pasar por el barrio por alguna otra razón. Solo sé que aquel feliz capitulo de la infancia, con su dulce rutina, se cerró y con él uno de nuestros personajes más conocidos y cotidianos. No sé que fue de Macario pero, contando los años supongo que ya habrá fallecido.
Ahora, tanto tiempo después, cuando ya ni nosotros ni el barrio somos los mismos, cada vez que tengo oportunidad de comer un muégano, una charamusca o una cocada, vuelven a mí muchos recuerdos e imágenes memorables de aquella época. Por supuesto recuerdo antes que nada al buen dulcero Macario, con su piel morena curtida por el sol y el tintineo de mis moneditas de a peso, tostón y veinte sonando alegremente en el bolsillo de mi pantalón mientras corría para alcanzarlo como si fuera el último día para comprarle un dulce... como alguna vez lo fue.

La lonchera roja



Por: Susana Valdés Levy.

 Le contaba a mi sobrino que mi escuela era un colegio laico, bilingüe, mixto y donde no usábamos uniforme. En mis tiempos, el ciclo escolar iniciaba en septiembre y con las clases iniciaban las lluvias. Me emocionaba mucho la víspera del primer día de clases. Mamá preparaba la ropa y los zapatos que nos pondríamos. Casi siempre estrenábamos algo mi hermano y yo porque nos habían llevado a “surtir ropita” en agosto. Yo arreglaba mi mochila con todos mis útiles nuevos. Las listas de útiles no eran tan ridículas como las de ahora. Un buen cuaderno, una regla, un par de lápices y una pluma en su estuche, un sacapuntas, un borrador, un botecito de pegamento y eso era todo. En ese tiempo, el primer día de clases era una sorpresa de principio a fin y eso lo hacía mucho más interesante. No sabíamos quién iba a ser la maestra, ni en qué salón nos iba a tocar, tampoco con qué compañeros compartiríamos el salón. Los libros de texto en inglés nos los rentaban y el costo se incluía en la colegiatura. Nos los entregaban durante la primera semana de clases, los forraba mamá en casa con plástico transparente y luego los regresábamos al final del año. ¡Todo era emoción y novedad!

Los salones de clase, en especial los de los primeros años escolares, son una pequeña comunidad. Están los conocidos y los nuevos, el que se hace pipí, la que llora todo el día y quiere a su mamá, el que vomita el desayuno, el peleonero, la simpática, la que va a ser la mejor amiga desde ese día y la que nunca va a serlo, el que se enamora de la maestra y el que se duerme. Lo mejor de todo es que a pesar de nuestras diferencias, el director de la escuela, Mr. Arpee, nos recibía todas las mañanas en el portón, se sabía el nombre de cada uno aunque a todos nos decía “Chaparrous” y el colegio aquel funcionaba como una gran familia. Como buen americano, no le gustaba la impuntualidad o la indisciplina, mucho menos las faltas de respeto a nuestros maestros o entre nosotros mismos. No hacía diferencias entre nosotros y todo funcionaba muy bien así.

Mis momentos sentimentales llegaban solamente cuando por motivo de la lluvia o el frío, teníamos que quedarnos en el salón en lugar de ir al patio durante el recreo. El cielo se oscurecía, a veces había truenos y relámpagos y la maestra nos decía que tomáramos el lonche sentados en orden en nuestro pupitre.  Yo tenía una lonchera roja de hojalata. En ella, mamá me ponía dos taquitos en tortilla de harina de huevo con chorizo envueltos en papel de aluminio para que llegaran calientitos al recreo; un plátano o una manzana pequeña y un pequeño termos que hacia juego con la lonchera donde me ponía Cool-aid de fresa o de uva.

Abrir la lonchera impregnada  con el aroma de aquellos taquitos de chorizo era como un “viaje astral” hasta la cocina de la casa. Me conectaba a mis papás, a mi querencia,  al calor de hogar. Se me hacía un nudo en la garganta con cada mordidita y se me humedecían los ojos como queriendo llorar de pura nostalgia casera.  Las tortillas de harina estaban “pintaditas” de colorado con el chorizo, tibias y suavecitas, el plátano maduro me sabía a gloria y la bebida de uva era apenas suficiente para empujar el lonche. Después, sonaba la campana y volvíamos a las actividades de clase.

Creo que gracias a esas maravillosas experiencias escolares logradas por Mr. Arpee, mis maestros, mis papás y mis compañeros, es que todavía me gusta mucho estudiar, leer, escribir, seguir aprendiendo. Una buena experiencia hace toda la diferencia.