domingo, 13 de octubre de 2013

Convence al "gringo".



Por Susana Valdés Levy.

Yo no quería contar esta historia. Primero porque es biográfica y totalmente real y no me siento muy orgullosa de que algo así me haya sucedido. Pero bueno…hoy me animo a contarla:

Resulta que mi esposo tiene todo el tipo de gringo. Es alto, güero, ojos verdes. Como es médico, y los doctores organizan congresos en diferentes lugares, frecuentemente viajamos para asistir a estos eventos que para mi marido son académicos y para mí son vacaciones.

Así fue que un día llegamos a Puerto Vallarta, Jalisco. Mi esposo estuvo todo el día en sus conferencias y yo disfrutando del sol y del mar, una piña colada, aceite de coco y música de marimba. Ya por la tarde, cuando mi esposo terminó las actividades del congreso para ese día, nos arreglamos para salir a dar un paseo por el  pintoresco pueblo. Mi marido se puso sus bermudas, una camiseta de algodón, sus tenis blancos, lentes de sol y cachucha de los New York Yankees. Yo me puse un vestido de manta que compré en la playa, unos huarachitos y un collar artesanal de turquesas. Caminaríamos por ahí hasta encontrar algún restaurante típico al aire libre para cenar.

Las banquetas son angostas así que mi esposo caminaba unos pasos delante de mí. De pronto, una muchacha sale al paso con unos folletos en la mano y aborda a mi marido creyendo que era americano: “Hey mister, mister…! You wanna go on the boat?” le preguntaba la chica ofreciéndole un boleto para baile y cena a bordo de un barco turístico que parece antiguo y navega por un tramo de la Bahía de Banderas donde hacen show pirotécnico. Pero mi marido no contestó nada haciéndose el desentendido y además yo interrumpí cuando le pedí que me comprara una pulserita de plata que me había gustado y que vi en un aparador.

Pronto la vendedora de boletos se dio cuenta de que yo venía unos pasos atrás. Me vio y me dice: “Oye manita, ¿tu vienes con el gringo verdad?, Convéncelo de que me compre unos boletos para subirse al barco hoy en la noche y yo te paso a ti como si fueras su esposa”

-¡¿Cómo si fuera queeee?! ¡Casi me desmayo con las conjeturas de esta chica! O sea, me vio chaparrita, no güera y más morena que de costumbre gracias al sol de Vallarta, caminando dos pasos atrás de “el gringo”, pidiéndole que me compre una pulserita y pa’ pronto creyó que yo era una “aventura” del turista americano, viendo cómo le sacarle provecho a la situación. ¡Me sentí muy ofendida! ¡Todo mi genotipo, fenotipo, y rasgos ancestrales cayeron sobre mi! Me di cuenta de cómo el prejuicio de esta chica (¡En mi país!) la hizo elaborar, en cuestión de segundos, una historia en la que según ella, yo era una mexicana (“manita”) muy abusada, entreteniendo al gringo a cambio de oportunidades tales como sería “el privilegio” de que me pasaran de a gratis al barco turístico para gorrear un baile y una cena.

Entonces mi cerebro funcionó rápido y le conteste: “no –manita- yo a este gringuito lo traigo bien muerto…me lo voy a llevar a cenar al mejor restaurante de Puerto Vallarta y voy a pedir lo más caro…conmigo, de a gratis ¡nada!

Mi marido no podía ni hablar de la risa que le dio ver y escuchar toda aquella escena. Seguimos caminando y él se carcajeaba mientras yo iba con la boca apretada de coraje. En eso me dice mi esposo: “Oye, manita, manita…estabas bromeando con eso del restaurante más caro ¿verdad? ¡Jajaja!”

-Pues a mi no me pareció chistoso.

Nuestros Monstruos


 


 Por Susana Valdés Levy

  Aquel niño tenía mucha imaginación y le era difícil distinguir qué era real y qué era producto de su propia mente. Era miedoso y durante las noches oscuras sus terrores se hacían presentes con especial intensidad. La puerta entreabierta del ropero, el espacio bajo la cama, la cortina que se hinchaba con el viento que entraba por la ventana, parecían ser los lugares donde habitaba cualquier cantidad de seres horribles que la acechaban silenciosos.

 El pequeño niño se cubría con las cobijas hasta la nariz asomando solo sus enormes ojos cafés y aguzando el oído, despabilando, afinando, forzando el entendimiento o los sentidos, para que prestar más atención o hacerse más perspicaz en caso de un eventual ataque mítico.

 Era recurrente que en esas noches, se levantara de un salto y corriera donde sus padres a decirles: "Tengo miedo". -¿De qué tienes miedo? preguntaba su papá. "De los monstruos" contestaba el niño aunque ya sabia cual sería el resultado de su búsqueda de apoyo: Invariablemente su papá le dirá que "solo se debe temer a los vivos y que los hombres no deben tener miedo", lo llevaría de nuevo a su cuarto la arroparía con las cobijas y tal vez, encendería la tenue luz de una lamparita de noche, misma que en algo ayudaba a disipar su terror nocturno.

 Después de muchos años, los monstruos imaginarios fueron abandonando los escondrijos de aquella recámara infantil, el los ha olvidado, pero la sensación de miedo que le producían durante las noches solitarias y oscuras, queda aun en la memoria. El miedo adulto, tiene otras dimensiones y características. Y ahora se pregunta: "¿Existen los monstruos? ¿Qué son?" Según el diccionario el término se reserva para seres que inspiran miedo o repugnancia. También suele utilizarse como descalificativo, para referirse a personas cuyos actos van en contra de los valores morales propios. En efecto, los monstruos son representaciones visuales, imaginarias o gráficas, con las que personificamos nuestros temores e inseguridades. Pero también representan la expresión de nuestros sentimientos y emociones oscuros, como el resentimiento, el rencor, la envidia, la frustración, la violencia, traumas no resueltos...Y aunque los niños no tengan estos sentimientos aun en sí mismos, los perciben porque flotan como fantasmas en el ambiente que les rodea.

 Los monstruos gráficos quizás sean imaginarios, pero el miedo y el temor son reales...muy reales.

 Para los adultos, los monstruos son esos demonios propios que se desatan de pronto y sin aviso en un ataque de ira, de celos, de soberbia, de lujuria, de avaricia, de crueldad, de amargura ¿Existen? ¡Claro!...monstruos que en efecto habitan en la oscuridad, pero en la oscuridad del alma y nos deforman, nos desfiguran y nos poseen...Si queremos disiparlos y vivir tranquilos, habremos de encender una luz en la conciencia. Una luz que nos de claridad en el pensamiento y guía en el camino del entendimiento para conocernos a nosotros mismos.

Chihuis, la chamana


 



 Por: Susana Valdés Levy

 Tengo tres perritas: Chula, Chihuis y Cherry. Chula es una dashound (salchicha) color canela que como buena sabuesa, tiene un ladrido profundo y estridente, es elegante y exigente. Es la más viejita de las tres. Cherry, una chihuahua color cocoa con una piel como de terciopelo y ojos color miel, es la más jovencita, posee una belleza descomunal y ella lo sabe.

 El tema es Chihuis. Es un poco vieja, canosa y de facciones rudas. Se supone que es una chihuahua, pero mi mamá le llama "el engendro" y mi papá le dice "la máquina 501", porque es negra azabache con algo de blanco.

 La belleza de Chihuis es interior...y ya sabemos que cuando decimos eso, significa que físicamente no es muy agraciada. Tiene el pelo hirsuto, su tamaño es raro (muy grande para ser chihuahua y muy chica para ser otra cosa), es tosca, tímida y algo desconfiada. Me extraña eso, pues no ha recibido más que amor y atenciones. Su perronalidad es arisca.

 Sin embargo, un buen día descubrimos que Chihuis se acerca por su propio gusto, a las personas que están enfermas, tristes, lesionadas, angustiadas o estresadas. Se les sienta en el regazo y no se mueve de ahí. A veces da "besitos" de lengüetazo y vuelve a echarse sobre las piernas de la persona en cuestión. A veces por horas.

 Varias personas me han dicho que después de tener a Chihuis cerca, se han sentido aliviados...se pasa el dolor, se calma el ánimo, desaparece la tristeza, se sana la herida ya sea del cuerpo o del alma.

 Después de estar por un rato cerca de una persona "afectada", Chihuis se echa a dormir largas siestas en su camita, como si quedara exhausta.

 A punta de mera observación y de ver tantos casos similares con el mismo milagroso resultado, llego a la conclusión de que Chihuis es una chamana....es curanderita.

 Sí, ya sea un "engendro" o la "máquina 501", mi perrita es mágica y es especial. Cura la jaqueca y la gastritis, la angustia y el estrés, las reumas o la depresión, alivia la soledad y el cansancio, quita la mala suerte y el mal de amores y no se que tantas dolencias más.

 ¡Qué importa que no tenga la belleza de Cherry, ni la elegancia y la clase de Chula!...Chihuis tiene un don, tiene poderes sobrenaturales, es mística, mágica y esotérica. Es un alma antigua, un espíritu sabio...una perrita excepcional.

De Juicios y Prejuicios


 

 Por: Susana Valdés Levy.

 En algunas salas de los juzgados en Brasil, tienen a la vista de todos un gran crucifijo. No es por motivos religiosos. Es más bien para recordarles a todos los presentes, de una u otra forma, al juez, al jurado, a los abogados, a los testigos y a cualquiera que en la sala se encuentre, que hubo una vez (y como han habido muchas más) que un hombre fue juzgado y condenado arbitraria e injustamente.

 Tendemos a hacer juicios muy a la ligera en nuestra vida diaria. Nos parece fácil generalizar y condenar situaciones que no conocemos de fondo. Lo hacemos así hasta que algo nos sucede a nosotros o a un ser querido, solo entonces vemos la verdadera dimensión del sufrimiento humano.

 Se hacen juicios basados en prejuicios, y condenamos o justificamos arbitrariamente sin conocer las particularidades de cada caso. Como por ejemplo decir: "Si un muchacho cae en las drogas, es porque tuvo padres negligentes"; "Si un hombre o una mujer comete adulterio es porque tuvo que buscar en la calle lo que no encontró en su casa"; "Si una pareja se divorcia es porque son egoístas y no les interesa cuidar y conservar a la familia". "Si la mujer es golpeada es porque ella provoca al hombre"; "Si le dio cáncer es porque estaba llena de rencores y enojos no resueltos"; (¡Por Dios!, encima de tener que luchar contra el cáncer ¿hay que cargar con la idea de que uno mismo lo provocó? ¡Que injusticia!) "Si una chica soltera se embaraza es porque en su casa no le inculcaron valores morales", "Si un chico es gay, es porque hizo una elección inmoral y pervertida";...No digo que no sea de ese modo en algunos -muy pocos- casos, pero no en todos. Pero, con suma ligereza juzgamos, sentenciamos, condenamos y crucificamos a nuestros semejantes con lujo de crueldad, agregándole culpabilidad y sufrimiento a su ya preexistente dolor, dándonos baños de pureza a nosotros mismos.

 Hasta que nos sucede algo parecido en carne propia. Entonces nos volvemos piadosos y comprensivos como también esperamos la piedad y la comprensión que no tuvimos para otros que tropezaron antes que nosotros.

 Por eso me gusta esa idea de los juzgados en Brasil de colocar a Cristo crucificado, que aunque nada tenga que ver con religiosidad, es un claro ejemplo de un caso por todos conocido, donde un inocente murió por un juicio injusto y despiadado.

Hay "shows" que no pueden continuar


 



 Por: Susana Valdés Levy.

 Como cuando se enseña el cobre o se barre el polvo bajo la alfombra, como cuando se construyen castillos en el aire, o se presume lo que se carece, como cuando se vive de apariencias o se vive una doble moral...como cuando lo que no checa nos choca... Una de esas noches, cuando vio que el show había terminado y el repertorio de mentiras, de discursos huecos y falsas promesas se le agotó, el hombre tomó un pañuelo y frente a su escaso público, empezó a retirar de su cara el maquillaje de la aparente decencia, el disfraz gris del presumido profesionalismo, los grandes zapatos (siempre le quedaron grandes) de la supuesta responsabilidad, la negra y relamida peluca de la simulada integridad, la redonda nariz de la credibilidad, y se mostró como lo que en realidad había sido siempre: Un payaso triste y sin gracia que lloró cuando se le cayó el frágil y endeble circo de su vida encima y tuvo que huir de sí mismo....Porque el payaso, no pudo sostener al personaje.

El protocolo de la muerte


 



 Por: Susana Valdés Levy

 Me contaba mi abuela que el protocolo de los velorios se había convertido en una tradición que tenía su razón de ser. En el pasado se acostumbraba velar al difunto por tres días. En parte esto tenía un trasfondo religioso: Cristo resucitó a los tres días (siempre cabe la esperanza de que el difunto en cuestión también). Antaño era difícil diagnosticar la muerte, se cometían crasos errores y por eso mucha gente era sepultada viva...Tres días servían para confirmar que la persona estuviera realmente muerta. Afortunadamente para muchos, no había servicios de embalsamamiento, ni autopsias ya que de haberlos, no había manera de que se salvaran. Si no estaban muertos, ahí quedaban.

 Se acostumbraba velar a los difuntos en casas, las numerosas flores y los sirios mitigaban los olores de la gradual descomposición del cuerpo. En algunos lugares se colocaba una cama de sal bajo el cadáver, misma que ayudaba a preservarlo un poco más. Tres días eran también suficientes, en la mayoría de los casos, para que los amigos, familiares y deudos que vivían lejos, llegaran a presentar sus condolencias, considerando que los viajes se hacían por tierra. Durante tres días no se debía cerrar el ataúd sino hasta que se hubiera celebrado una misa de cuerpo presente. Era lo indicado llorar en el funeral y si las lagrimas no brotaban y el sollozo no fluía, se contrataba a plañideras que hacían el trabajo. Había que asistir de riguroso traje negro y los familiares más cercanos: el cónyuge, los padres, los hijos y los hermanos principalmente, no debían dormir en todo ese tiempo. Por eso se dice "pasar la noche en vela" y a los que cuidan lugares durante la noche se les dice "velador". Esto también, por si acaso al difunto se le ocurría resucitar. Luego de la misa fúnebre se iban todos en romería al cementerio o camposanto...que no se dice "panteón" porque esa era palabra pagana. La cremación estuvo prohibida por la iglesia mucho tiempo, pues se creía que interfería o complicaba la resurrección de los muertos. El tema completo era un acontecimiento social de suma importancia.

 Hoy en día todo es distinto. Agonizan los panteones, la industria de los ataúdes y los fabricantes de coronas y sirios funerarios. No tardan en morir. Cada vez más personas optan por velorios exprés, las capillas se cierran a las once de la noche y los familiares -si pueden- se van a dormir o a reunirse en íntimos grupos que verdaderamente les dan consuelo. Muchos consideran mejor y más prudente, no abrir el ataúd a la vista pública y solo la familia ve el cuerpo para despedirse. El ataúd se renta porque cada vez es más común la incineración. Ponen sobre la tapa del féretro una bonita foto de cuando el difunto gozaba de la vida. En ocasiones, el velorio sale sobrando y en directo se van a la cremación, a la urna, a la misa y a la gaveta donde se colocarán las cenizas. Esto ha reducido los costos, disminuido el agobio, agilizado el doloroso trámite y erradicado muchas falsedades....Por eso, aunque la muerte sea la misma de siempre...su protocolo ya no es igual.

El Poeta


 

 Por: Susana Valdés Levy.

Mi padre es un hombre muy sencillo. Amante de la naturaleza y de la paz. Fue un niño muy lindo uno de esos "güeros pollo", de pelo muy rubio y ojos cafés. Cuando veo sus fotos infantiles, me acuerdo siempre del niño que salía en el programa de Lassie.

 Su mamá (mi abuela Herminia Sáenz Garza), iba frecuentemente a visitar a su hermana Elisa a la Hacienda Soledad de la Mota en General Terán Nuevo León. Elisa estaba casada con Plutarco Elías Calles Chacón, hijo de quien fuera el presidente del Maximato. En ese tiempo, el General Calles había recién vuelto de su exilio en San Diego California y pasaba largas temporadas en Terán. Aun está ahí, en la sala de la austera casona de la Mota, el cuadro original presidencial de Calles, que dicho sea de paso, era un hombre apuesto y gallardo, con mirada de águila y que imponía respeto con su sola presencia. Pues aquel personaje mitificado, temido y/o respetado, se había convertido en un viejo dulce y simpático. Bastante lo había vapuleado su misión histórica.

 El general solía sentarse por las tardes de domingo en el zaguán de la casa y ahí llegaban mis abuelos, a visitar a su hermana Elisa quien siempre les tenía preparados buen café y gorditas de harina con mermelada de conserva de naranja.

 Mi papá, "Arturito" un niño de apenas unos cinco años, saludaba a Don Plutarco con reverencia y respeto. Entonces el general decía: "¡Que venga el poeta sentarse aquí conmigo!"

 Mi padre se sentaba en el regazo del General y éste le contaba chistes en verso al oído. Luego, mi papá los repetía de memoria ante todos los presentes (mal que bien) con su pronunciación infantil y sin entender ni tantito el albur codificado en el chiste.

 Era la gracia del día, la carcajada segura del ilustre Generalazo que se había convertido en un viejo dulzón y simpático que llevaba una pesada historia a cuestas.

 Yo no se si a Calles, la historia lo glorifica o lo condena...Alguna vez dijo, "Después de la Revolución, había que reorganizar al país y darle estructura, a la brevedad y como fuera posible". No debió ser fácil ni agradable. Pero esas tardes de domingo en General Terán N.L. le daban la paz y alegría que en su vida fueron escasas y mi padre formaba parte de esos momentos memorables. Y vaya que papá, a quien el general le decía "el poeta", siendo aun un niño pequeño, no tenía idea de quien era el personaje histórico que le estaba susurrando chistes en verso al oído para que los repitiera, como si fuera el mejor de sus voceros.

La última vez


 



 Por Susana Valdés Levy

 Inspirada en una pregunta hecha por mi amigo Luis de la Cruz: Dijo Luis: "Por alguna extraña razón olvidé un cuento. Me ayudan a arreglarlo? Había una vez..." Y le contesté: Había una Vez que tenía muchas hermanas conocidas como "Las Otras Veces". Esta Vez de la que les cuento hoy, era muy especial, se llamaba: "La Ultima Vez". En realidad era idéntica a las demás veces que se presentaban en la vida una tras otra, con la excepción de que después de ésta ya no seguía otra más. Y la Vez dijo: Yo soy "La última vez", la gente casi nunca me reconoce porque solo se dan cuenta de quién soy hasta que ven que ya no hay otra oportunidad y hasta que descubren que no hay después. Soy la última vez que viste a tu padre con vida, la última vez que abrazaste a tu madre, la última vez que besaste a tu hijo, la última vez que pasaste una Navidad feliz con toda tu familia, la última vez que conviviste con tu mejor amigo, la última vez que tu pareja cruzó la puerta al salir, la última vez que viste un amanecer... Me da por adelantarme a sorprender a quienes abusan de su suerte, de la confianza de otros o del peligro. Hay quienes me conocen con otros nombres como "La Gota que derramó el vaso" o "El colmo de la paciencia". A esos suelo presentármeles mucho más pronto de lo que imaginan. Solo los que están muy conscientes de su existencia saben de la posibilidad de que yo llegue en el momento menos esperado. Gracias a mí y a que saben que algún día, sin duda llegaré, es que valoran a cada una de mis hermanas "las otras veces", ya que cualquiera de ellas podría ser yo. Gracias a mí no permiten que los agobie el tedio, la rutina o el aburrimiento. Gracias a mi, hacen que cada vez, que cada una de mis hermanas las "otras veces" sea única, especial, inolvidable...porque podría resultar que esa vez sea yo "la última vez". Gracias a mí no se dejan llevar por la negligencia, la indiferencia o la apatía. Cuando por fin las personas reconocen que es un hecho que algún día llegaré sin aviso, valoran cada momento, por más sencillo que sea, por más cotidiano que parezca...Porque mis hermanas "las otras veces" no son infinitas...desfilan por la vida de la gente una tras otra y con cada una que pasa, yo "la última vez", me voy acercando más. ¡Espanta de tu vida al tedio, a la rutina, al aburrimiento, a la costumbre!...Disfruta de cada una de mis hermanas las otras veces, cual si pensaras que soy yo...cual si fuera "La última Vez". Porque, después de mi...ya no hay nada más que recuerdos dulces o amargos remordimientos.

Coquito


 

 Por: Susana Valdés Levy

Coquito era un toro de lidia al que uno de los vaqueros de la ganadería, un buen muchacho de nombre Juan, le había tomado mucho cariño. Desde que era un becerro Coquito tuvo un encanto especial. Juan consentía al torito dándole cubos de azúcar con la mano. Cuando Juan se acercaba, le llamaba con un silbido y Coquito le reconocía de inmediato. Caminaba lento hasta donde Juan estaba y lo veía con ojos amistosos. Juan entonces le acariciaba la cabeza y le daba el azúcar. Coquito pasó a convertirse en un novillo y luego en un ejemplar maravilloso, fuerte y sano. "Eres un toro muy bien bragado" le decía Juan a Coquito y el toro asentía como si entendiera el halago. Juan se hacía de cuantas artimañas pudiera valerse para evitar que se llevaran a Coquito cuando llegaban los empresarios a comprar toros para las corridas. Se lo llevaba lejos, lo escondía...hasta que una vez, que Juan se enfermó, llegaron los empresarios a comprar los ejemplares para el encierro del domingo y eligieron a Coquito. Cuando juan volvió al trabajo, se llenó de angustia al ver que el toro no estaba ya en la ganadería. Desesperado Juan preguntó a sus compañeros quienes le informaron que Coquito estaba ya rumbo a Monterrey y que formaba pare del encierro para la corrida del fin de semana. Juan se fue tan pronto como pudo a tomar el autobús para llegar a la ciudad, pero poco pudo hacer. Entonces compró un boleto para entrar a la corrida. Coquito sería el tercer toro de la tarde, pero Juan no lo sabía aun. Masacraron a dos bureles y en eso, anunciaron a Coquito. El matador lo esperaba de frente con el capote y el picador se preparaba para entrar después de esa suerte. La gente aun no llenaba de ver sangre, pero ya con algunas cervezas encima y el humo de los cigarros y los puros, la emoción del ambiente se había relajado. Salió Coquito como locomotora hacia el centro de la arena. Y Juan, quien estaba sentado en barrera, gritó: "¡Coquito! Coquito!" y silbó fuerte del modo en que el toro sabía reconocerle. Juan brincó para meterse en la arena, Quisieron detenerlo pero nadie pudo. La gente se emocionaba...seguramente el toro bien bragado aquel haría volar al incauto vaquero por los cielos y luego lo cogería con los cuernos hasta matarlo frente a la asombrada afición segura de que vería mucha sangre. ¡Qué espectáculo! Coquito se detuvo...era evidente que ya iba previamente lastimado, para asegurarse de que saliera bravo. Juan sacó de la bolsa de su pantalón de mezclilla un puñado de cubos de azúcar. "Ven Coquito, mi Coquito acércate", le decía Juan al toro....A paso lento aquel toro de más de 500 kilos se acercó y comió el azúcar de la mano de Juan mientras este le acariciaba la cabeza entre los cuernos. Juan abrazó al toro por el pescuezo y éste reclinaba la cabeza sobre el pecho de Juan y dijo: "¡Les suplico que no lo maten!"...La gente le abucheaba, decepcionada: "¡Mugroso toro, resultó muy manso y querendón!" Sacaron al Toro y a Juan de la arena, anunciaron al cuarto toro de la tarde porque "el show debe continuar". Juntos, Juan y su toro regresaron al pueblo en un camión de redilas. Coquito no volvió a pisar una plaza de toros y Juan no volvió jamás a la ganadería. Pero viven en una ranchería donde Juan tiene su casa.

 

 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Santos de Hoyos


 Por: Susana Valdés Levy

Hace mucho que no vemos tiempos buenos, pero aquellos años eran particularmente difíciles.  Chiapas era un polvorín, y el clima político nacional: una bomba de tiempo. “No puedo –me dijo Alberto Santos de Hoyos- cobrarle al país un sueldo por un trabajo que las circunstancias, a veces muy denigrantes, no me permiten hacer con la eficiencia que quisiera”. Alberto Santos había hecho campaña y ganó por el PRI para el Senado de la República porque creía en el proyecto político de Colosio, pero como muchos, se había quedado solo en el camino. Esa fue la última vez que el Licenciado Santos participó en política. Me había invitado a trabajar con él después de haber leído algunos de mis artículos, conocía bien a mi familia y confiaba en mí como parte de su equipo de trabajo cercano.

Entonces cada mes, Yolanda su asistente, depositaba el sueldo del Senador en una cuenta bancaria. Me ordenó a mí que así mismo, cada mes buscara una causa en la cual aplicar ese dinero. Una causa que verdaderamente ayudara e hiciera una diferencia para alguien y que lo hiciera con suma discreción. Toda su vida ayudó a la gente, pero durante los 6 años del senado, ayudó a muchos más con dinero que no era un “bono de gestoría”, era su sueldo…íntegro. Tal vez muchos dirán que como él era un empresario rico, la cantidad no hacía gran diferencia en su caso. Sin embargo, no era una “limosna” sino un acto de congruencia para él, devolverle al pueblo aquel “sueldazo” que él no creía estar devengando como debiera.

La verdad es que, El Licenciado Santos era de personalidad sencilla. De hecho, cuando me pedía que elaborara sus discursos, el me daba sus ideas centrales. Luego, yo lo redactaba y se lo presentaba a revisión. Siempre me decía: “Esta bien, pero quítale todos los adjetivos”. Tampoco le gustaban las lisonjas, ni los halagos, ni el rollo.

 Uno de los casos que él ayudó y que yo más recuerdo es el de Demetrio. Era un niño pequeño y hermoso, hijo de campesinos de Nuevo León.  A los 5 años de edad había dejado de caminar. Su padre llorando y con el niño en brazos le pedía desesperadamente ayuda al Lic. Santos. Demetrio tenía distrofia muscular y sus tendones se habían contracturado. La distrofia es incurable, pero había maneras de ayudarle con una cirugía, órtesis y rehabilitación para que, al menos por unos años más pudiera caminar y prolongar su calidad de vida.  Unos meses después, Demetrio llegó caminando de la mano de su papá la oficina. Con su voz de niño chiquito me pidió que si podía entrar a ver al licenciado para darle las gracias. Llevaba una paleta Tutsi-pop en la mano.

Recuerdo ese día cuando Demetrio entró a la oficina del Senador Alberto Santos. Se fue por un lado del escritorio y le dio un gran abrazo, le dio las gracias y le entregó la paleta de dulce. Al senador se le humedecieron los ojos de lágrimas cuando vio al niño entrar por su propio pie. Cuando el niño y su papá se fueron, el Senador me dijo: “Por favor Susana, ya no permitas esto. No es necesario que me den las gracias. Además, siento una especie de gusto mezclado con tristeza que no puedo manejar.”

Alberto Santos de Hoyos dejó de existir a mediados del mes de febrero de este año en curso. Mañana, 13 de septiembre cumpliría 72 años. Lo recuerdo con mucho respeto y gratitud como un gran maestro y como una de las personas más íntegras y congruentes que he conocido.