miércoles, 10 de julio de 2013

Los pies de la nana Gertrudis.


 Por: Susana Valdés Levy
1862, Monterrey, Nuevo León. Yo soy Dolores Llano y quiero dar testimonio de algo que creo importante: Mi hermana Juana ha estado muy enferma. Desde hace tiempo tiene un dolor que nadi...e sabe qué es. Ya tiene meses en cama. Hace mucho calor y aunque la casa por ser de sillar, siempre está agradable, en la cocina se acumula el bochorno y con el calor del comal se pone peor. La nana se sale al patio de vez en cuando a tomar aire fresco. Estoy hablando quedito porque la nana está dormida aquí donde hacen sombra las parras de la pérgola. La nana Gertrudis nos ha cuidado desde niñas a Juana y a mí porque mamá siempre ha padecido de migrañas, necesita enclaustrarse en su cuarto días enteros con todas las cortinas cerradas y no nos tiene paciencia.
Bien dormida parece estar la nana en su mecedora con los pies puestos y cruzados sobre una tina colocada al revés como si fuera un taburete. Tiene los pies morenos y gordos, de piel gruesa. Todos sus dedos son anchos y tiene las uñas amarillentas y cuarteadas como el marfil antiguo. Sus pies parecen dos pencas de nopal con cinco tunas. Me pregunto por qué le daría Dios unos pies tan grandes siendo ella tan chaparrita.
La trenza larga y canosa cuelga hasta el piso por encima del respaldo de la mecedora. Empieza abundante y gruesa y termina en un hilo de unos cuantos pelos. Cuando la nana está de pie, la trenza le llega casi hasta los tobillos. Dice que no se la corta, que no se la ha cortado nunca porque es para pagar una manda. Todavía no sabe qué manda va a pagar, pero dice que está ahorrando. “El día que tenga que pedirle algo muy grande y muy difícil a la Cihualpilli, o sea a la Virgen de San Juan, le voy a ofrecer mi trenza. Me la voy a mochar y personalmente se la voy a llevar a pie hasta San Juan de los Lagos.”
No lo había pensado yo antes, pero ahí está la respuesta: para eso fue que le dio Dios unos pies tan fuertes y grandes. Son para cuando tenga que irse caminando descalza hasta Jalisco. Habría una señal y fue esa noche, cuando nos despertó un gemido profundo. Era mi hermana enferma que ya no podía más con el dolor.
Al día siguiente la nana tomó las tijeras y sin darle mucho pensamiento se las puso en la nuca. Yo cerré los ojos para no ver pero pude oír el roce de las hojas de metal de la tijera cuando se cierran una sobre la otra. La trenza está cortada. La nana se puso un paliacate en la cabeza y con otro del mismo color envolvió la trenza con la que iba a pagar su manda. Al amanecer se fue a pie a San Juan. Tardó tres meses en ir y venir de Jalisco.
Cuando volvió la nana Gertrudis, mi hermana Juana quien no se había levantado de la cama en todo ese tiempo, la recibió en la puerta. Milagrosamente había mejorado apenas ayer. La abrazó. “¡Nanita!-dijo Juana- ¡ya no tienes tu trenza!” Y la nana con su pelo trasquilado y los ojos llenos de lágrimas le dijo: “No mi niña, la trenza se la di a la virgencita de San Juan y yo ahora te tengo a ti”.
Así fueron las cosas. Ni más ni menos.

La Tristeza de Ida no tuvo vuelta.


 Por Susana Valdés Levy.
No salieron de Alemania huyendo de la guerra o del Holocausto. Salieron mucho antes, casi 40 años antes de la Segunda Guerra Mundial buscando nuevas oportunidades. Gustavo Levy e Ida Meyer no se conocían pero el destino tenía un plan para ellos. Un día, mientras Gustavo, recién llegado a la ciudad de Monterrey estaba sentado solo en la cafetería de un hotel, escuchó que una pareja que estaba en la mesa contigua conversaba en alemán. No pudo evitar acercarse y pedirles que le permitieran acompañarles. No era algo común encontrarse con gente que hablara su idioma en un país tan lejano al suyo y la verdad es que Gustavo se sentía muy solo.
Por un buen rato, Gustavo pensó que la pareja era un matrimonio, primero se enteró que venían de Alemania y luego, ya con el avance de la conversación supo que eran hermano y hermana. Que eran judíos al igual que él, venían de Nueva York y que estaban de paso por la ciudad en su trayecto a la ciudad de México. Intercambiaron direcciones y quedaron en escribirse. Los hermanos Meyer continuaron su viaje y las cartas iban y venían entre Gustavo e Ida sin más sentimiento que una incipiente amistad lograda en un único encuentro.
Meses después Ida escribe pidiendo ayuda para viajar de regreso a Nueva York, donde tenía algunos familiares. Se había quedado sola en México pues su hermano había enfermado de neumonía y había fallecido. Gustavo era joven y soltero al igual que Ida. Como la oportunidad no llega dos veces, Gustavo respondió a la carta con una propuesta de matrimonio: “Los dos somos alemanes, hablamos el mismo idioma, los dos somos jóvenes, somos judíos y los dos estamos solos. No vamos a encontrar mucha gente con estas características aquí. Hagamos nuestra propia familia. Casémonos. Envío dinero para tu viaje a Monterrey.”
Se casaron y tuvieron varios hijos, entre ellos mi abuelo Daniel. La bisabuela Ida nunca pudo adaptarse a México, no quiso jamás aprender español y posteriormente, la muerte de su única hija mujer Elena, quien falleció a los 8 años de edad a consecuencia de la diabetes mellitus, le destrozó el alma cargándola con una tristeza indescriptible e insuperable.
Cuentan que el bisabuelo y sus hijos varones trabajaban de sol a sol, tratando de formar un patrimonio con mucho esfuerzo. Llegaban cansados y hambrientos ya entrada la noche a su casa después de una exhaustiva jornada de trabajo y encontraban la casa vacía. Ida no estaba, como no había estado la noche anterior, ni la anterior a esa. Ya sabían dónde buscarla. Ida se había ido (¡Qué bien le quedaba el nombre!). Se había ido a donde iba cada noche cuando la tristeza la abrazaba.
Cada noche iban a buscarla al mismo lugar y la encontraban, en la oscuridad más absoluta en medio del cementerio, sentada junto a la sepultura de la pequeña Elenita. Entre sollozos, Ida le cantaba canciones en alemán mientras acariciaba la fría loza de la tumba de su hijita. Gustavo y los hijos la arropaban con una frazada y la llevaban de vuelta a la casa sin pronunciar palabra. Así fue siempre…así fue que la tristeza de Ida había llegado para quedarse.

El “Niño Dios” que no podía entrar a Misa.


 Por: Susana Valdés Levy
Afortunadamente la iglesia Católica ha cambiado mucho en cuanto a la tolerancia y aceptación de la diversidad religiosa. Gran parte de esto se le debe a la visión humanista... de Juan pablo II, quien por cierto, fue el primer Papa no italiano en siglos y también el primero en visitar personalmente una sinagoga. Esto tiene qué ver mucho con su historia personal pues en su natal Polonia, Karol Jozef Wojtyla tuvo como mejor amigo a un niño judío de nombre Jerzy Kluger.
Pero antes no era así. Lo que les voy a contar no tiene rencores ni resentimientos. Yo no quiero atacar a la iglesia, más bien deseo reconocer sus avances. Esto es solo una anécdota: Por muchos años, la iglesia católica promovió y patrocinó el antisemitismo. Yo vengo de una familia ecuménica, desde mucho antes de que se hablara de ecumenismo, yo ya sabía lo que eso era. En mi familia hay libres pensadores, presbiterianos, católicos, judíos y ahora uno que otro iPodista- twitteriano y otras cuantas Candy-crushistas de la Saga Perpetua muy devotas que frecuentemente me envían invitaciones por Facebook para tratar de convertirme.
Mi abuelo Daniel nació en Monterrey hijo de padres inmigrantes judíos alemanes. Cuando no había muchas familias judías en Monterrey. Todos sabemos que nuestra ciudad fue fundada por sefarditas, muchos de ellos conversos porque la (non) sancta Inquisición no era muy amable que digamos.
Mi abuelo Daniel era un niño judío hasta las cachas. Por su origen alemán, era muy blanco y rubio, de cabello rizado y ojos celestes. Era un bebé muy hermoso. Pues bien, a pesar de los prejuicios y el antisemitismo de la época, las señoras y señoritas católicas que organizaban las pastorelas ya cerca de la Navidad, llegaban con mi bisabuela Ida y le pedían muy amablemente que les prestara a Danielito, bebé de meses, para que fuera el “Niño Dios” en la escena del Pesebre. Mi bisabuela no hablaba español pero algo entendía (creo) y finalmente accedía a prestar a su hijo, al niño judío, para que representara a Jesús. Lo envolvían en un manto de percal blanco y lo acostaban sobre la paja del pesebre.
Pasaron los años y Daniel creció para convertirse en un muchacho trabajador, apuesto y atlético que jugaba basquetbol con los multicampeones Diablos Rojos del Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey y trabajaba en el negocio ferretero que había iniciado su padre. Se enamoró de mi abuela que era una muchacha católica del barrio de La Purísima y que solía ir a misa los domingos como era la costumbre.
Curiosa cosa que los curas de la iglesia no dejaban a Daniel entrar a misa, y aunque lo apreciaban –porque le conocían- se excusaban diciéndole: “Daniel, te pido que esperes a María aquí afuera, en una banca de la plaza hasta que salga de misa. Tú sabes que no podemos permitir la entrada a la iglesia a un judío. No lo tomes personal, así son las reglas.” Nadie se acordaba ya de que ese judío al que no le permitían entrar al templo, les había servido de “Niño Dios” cuando era un bebé.
Y aun que tenemos todavía mucho camino por andar, bendito Dios que todo aquello ha cambiado, que han habido líderes como Juan Pablo II que iluminaron al mundo y han enseñado que las religiones y el Nombre de Dios no son para excluir ni para rechazar a nuestros hermanos, sino para abrazarnos en una unión fraternal universal.

La Melena de Elena


 Por Susana Valdés Levy.
La menor de mis hermanas llegó al mundo en Monterrey, Nuevo León en el año de 1862. Al nacer, blanca como la porcelana, Elena era completamente calva como un cascaron de huevo. Al día siguiente, cuando abrió los ojos, todos los presentes se quedaron deslumbrados con un destello verde. -¡Son esmeraldas! -¡No! ¡Son turquesas! Decían.
Como a eso de los seis meses, Elena era una bebé rolliza y preciosa, pero todavía estaba sin un solo pelo. Nadie se preocupaba ni dudaba de la excelente salud de la niña hasta que un día amaneció sin querer probar bocado y ardiendo en fiebre. Llegó el doctor para revisar a la niña y no encontró nada extraño a excepción de una ligera inflamación en las encías que seguramente anunciaba el brote de los primeros dientes. Días después nos dimos cuenta de que Elenita estaba muy sensible y lloraba cuando le tocaban la cabeza. La piel que le cubría el cráneo estaba abultada, hinchada, enrojecida y como rellena de estopa.
-¡No son las encías ni los dientes lo que tiene a esta criatura con fiebre, lo que pasa es que le va a brotar el pelo!-Dijo la nana. -El problema es que tiene la piel tan lisa y tersa que el pelo no puede salir. Lo tiene atorado.
Entonces la nana, cerró los ojos, alzó las manos, asintió con la cabeza como si estuviera escuchado una instrucción precisa y se fue a la cocina a preparar una pasta a manera de ungüento con una receta secreta que según ella le habían dado unos ángeles. La mezcla era a base de cáscara de nuez de castilla, cuatro huevos de gallo-gallina, chile cascabel, chile guajillo, chile ancho, hojas de albahaca, menta y hierbabuena molidas y un chorrito de aceite de ricino. Lo puso todo a calentar a baño María, cuando estuvo más que tibio y menos que caliente, se lo untó en la cabeza a Elena. Le dio un buen masaje al que la bebé respondía con gorjeos de alivio y le envolvió la cabeza con un paño a manera de turbante. Luego, la dejó sentada por un rato bajo el tibio sol de la mañana junto a unos geranios.
Al cabo de un rato la nana fue a darle una vuelta a la niña que se había quedado plácidamente dormida sobre los cojines que colocaron a su alrededor. La nana la tomó en brazos para llevarla a su cuna pero al levantarla, el turbante se deshizo y el paño cayó al suelo. De la cabeza de Elenita colgaba hasta el piso la más exuberante melena roja como una cascada de fuego que contrastaba con sus ojos de gata.
Toda la familia se acercó a ver los hechos. El bullicio había despertado a Elena que estaba feliz y sonriente. Nunca nadie había visto cosa igual. Tenían desde entonces que peinarla con un cepillo especial para las crines de los caballos, le domaban el pelo con petróleo y se lo perfumaban con agua de rosas. Su cabellera era tan abundante y fuerte que se lo cortaban cada semana con las tijeras podadoras del jardín porque las tijeras normales no le servían.
Pronto se corrió la voz sobre la milagrosa pócima de la nana y una fila de calvos y calvas se formaba a la puerta de la casa todos los días para comprarle la receta. Curiosamente, a nadie más le funcionó. La nana dice que todo tiene remedio y que los ángeles nos tienen una receta para cada cosa a cada quien. El problema es que no sabemos escucharlos y mucho menos hacerles caso.

El Veliz de Liz


 Por: Susana Valdés Levy.

Liz era una mujer joven pero que había tenido una infancia difícil y triste, algunos tropiezos en la vida, había cometido quizás algunos errores que no se había perdonado, sin embargo nada que no... fuera simplemente humano.
Ella se preguntaba todas las noches antes de dormir: “¿Qué es lo que sucede conmigo?¿ ¿Porqué no puedo tener amigos o encontrar un amor? ¿Qué estoy haciendo tan mal? ¿Por qué todos huyen de mí? ¿Por qué se ha instalado en mi la tristeza?” A veces lloraba y así se quedaba dormida.
Al día siguiente, se levantaba, se aseaba, tendía su cama impecablemente, tomaba su veliz negro y salía a su trabajo. A todas partes donde iba llevaba consigo el pesado veliz que a veces tenía que cargar hasta con las dos manos. Sobre el veliz se sentaba a esperar el camión, lo colocaba a un lado de su escritorio en el trabajo y cuando en raras ocasiones, compartía la mesa del comedor con alguien de la oficina, el inseparable veliz estaba junto a ella a un lado de su silla como una sombra.
El negro veliz era siempre tema de murmuraciones de la gente, tanto frente a ella como a sus espaldas. “Ahí vienen Liz y su veliz”, decían ya que a todas partes cargaba con él. El veliz causaba intriga, curiosidad, morbo, chisme, especulaciones, conjeturas y cuestionamientos. ¿Qué traerá Liz en ese veliz que a todos lados lleva? ¿Qué tanto carga Liz en ese veliz que no la deja ser feliz?
Carlos, un joven apuesto, se fijó en ella y la invitó a tomar un café a un lugarcito lindo junto al parque. Con mucho tacto, el muchacho le dijo a Liz: “¿Quieres mostrarme lo que hay en tu veliz?” Ella se puso pálida y quiso salir huyendo. Cada vez que ella intentaba abrir el veliz, las personas que estaban con ella desaparecían y jamás las volvía a ver. “¡No!” Dijo Liz muy alterada. No quiero abrirlo porque si lo hago, de seguro nunca te volveré a ver y realmente me agradas.
-¿Entonces por qué lo cargas a todas partes? Preguntó el muchacho. -No sé. Respondió Liz. –Lo he cargado siempre, a todas partes donde voy lo llevo conmigo, como si fuera parte de mí. -¿Y no te cansas de cargarlo? Inquirió Carlos. –Sí, dijo Liz, pero no se qué hacer con él, ni dónde ponerlo, y no me atrevo a mostrarle a nadie lo que hay en su interior. Temo que es algo vergonzoso, malo y feo. -¿Quieres decir Liz, que ni tú misma sabes lo que hay ahí dentro? Pregunto el joven. –Yo sí sé, aunque hace mucho que no lo abro, recuerdo el contenido.
-Ábrelo ahora. Dijo el muchacho. – No tengas miedo. Te prometo que no me iré.
Liz abrió el veliz con temor. Se percibía un olor fétido. Vieron que dentro estaba un esqueleto encorvado. Era su pasado doloroso: Sus heridas, sus rencores, sus resentimientos, sus remordimientos, sus tristezas, sus errores, sus pecados, sus vergüenzas estaban ahí. Tan pronto Liz se armó de valor para enfrentarlo, El fantasmal esqueleto se transformó en una fuerza de luz y sabiduría llamada “Experiencia”.
- Liz, -dijo Carlos- el pasado doloroso es un maestro. Si no lo reconocemos, si no lo enfrentamos, si no aprendemos la lección para luego perdonar y dejarlo ir, el maestro morirá si habernos dejado una enseñanza y cargaremos con su cadáver siempre. Del pasado y del dolor solo debes quedarte con la experiencia que te enriquece. Desde ese día, Carlos ha sido el primer amigo y el gran amor de Liz. El veliz se quedó atrás, donde siempre debió estar y el maestro del pasado por fin pudo jubilarse.

Así murió Don Espiridión Malacara.

 
 

 Por Susana Valdés Levy.
Hay gente que deja huella y este señor no fue la excepción. Espiridión Malacara será recordado porque a su paso por el mundo, más que huellas dejó cicatrices. Era un verdadero pat...án. Don Espiridión tuvo, para desgracia de muchos, una larga vida. Se dedicó a dos cosas principalmente: a hacer dinero con su fábrica y a crearle miseria a la gente. Así fue que amasó una considerable fortuna y acumuló el desprecio de tantas personas, empezando por su familia.
Doña Angustias, su mujer, vivió siempre atormentada no solo por lo que el viejo le hacía a ella, sino también por haber sido testigo mudo de las atrocidades que el señor cometía contra sus hijos e hijas y contra tantas buenas almas que tuvieron la desdicha de conocerlo.
Prepotente, intransigente, déspota, cruel, insensible, egoísta, necio y castigador…era un dechado de defectos lo que constituía la nefasta personalidad de Espiridión. El se creía muy respetado porque la gente no se atrevía a verlo a los ojos, pero la verdad era que quienes le rodeaban optaban por seguirle la corriente, darle por su lado, aun cuando por lo general estaba equivocado y sacarle lo que se pudiera, aunque era más fácil ordeñar una piedra que quitarle a él un tostón, porque el tipo era un tacaño.
A los hijos varones los convenció de que nunca serían mejores que él para así tenerlos sometidos a su servicio en la fábrica y sin salario porque él decía que como quiera “los mantenía”. A las hijas las convenció de que eran feas e indeseables para que no vieran hombres ni se casaran y así tenerlas como servidumbre en la casa de por vida. Doña Angustias era menos que eso todavía. Ella era su esclava. Cada uno de los miembros de la familia aprendió con el tiempo a blindarse el alma contra las agresiones del malvado viejo.
Ya entrado en años, don Espiridión se enfermaba a cada rato. Todos esperaban con ansia que se muriera, pero como ni el diablo lo quería, pronto se curaba y se levantaba como si nada a continuar con sus maltratos. Un buen día ya no se levantó más. La familia publicó una esquela barata en el periódico local y nadie fue al velorio, solo estaban la esposa y los hijos.
Estaba Espiridión expuesto en el ataúd abierto en la funeraria. Muy maquilladito él. No le sacaron las tripas ni la sangre porque él había dispuesto así, decía que cuando se fuera se iría entero. Tenía las manos juntas cruzadas sobre el pecho. Soledad, la hija mayor se acercó a ver el cuerpo y en eso, el dedo meñique del viejo se movió. Soledad sabía que a veces, los muertos frescos tienen movimientos o arrojan gases. Y así, de pronto: ¡Prrrrrfffft! ¡Una flatulencia apestosa salió del féretro! Por no quedarse con la duda, Soledad sacó de su bolso un espejito y lo colocó frente a la enorme y cacariza nariz de Espiridión. Para su horror, el espejo se empañó. Presionó con los dedos un lado del cuello bajo la oreja y percibió un débil pulso -¡Mamá!-Gritó Soledad -¡Ven pronto!
Doña Angustias y sus cinco hijos se acercaron al ataúd. Soledad les dijo: -¡El viejo está respirando, tiene pulso y los sepultureros van a llegar por él en unos minutos! ¿Qué hacemos? Entonces, Doña Angustias dijo con un vozarrón que nunca antes le habían escuchado: -¡El que lo saque de aquí se lo queda! ¡Yo ya soy viuda! Todos callaron y de un golpe que sonó como portazo, cerraron la tapa del ataúd. Pronto llegaron los del panteón y ese mismo día lo enterraron. Así murió don Espiridión Malacara, el 5 de diciembre de 1960, sepultado vivo. Ni modo. Cosechó lo que sembró y sembrado quedó.

jueves, 4 de julio de 2013

Libertad e Independencia


Por: Susana Valdés Levy
Hoy es 4 de julio, Día de la Independencia de los Estados Unidos. ("Land of the free and the home of the brave"). Un saludo a los amigos Estadounidenses.
La libertad es un tema que da siempre mucho de qué hablar, especialmente en el nivel individual. En algunas pláticas que he presentado con adolescentes y adultos jóvenes, el tema ha sido el de la libertad. Generalmente, los que les han hablado antes de este asunto, se inclinan por marcar la diferencia entre libertad y libertinaje. Yo quiero centrarme únicamente en el concepto de la libertad.
Definitivamente y al igual que sucede con las naciones, toda libertad implica un acto y declaración independencia. Nadie puede llamarse "libre" sin proclamar su independencia.
La independencia significa, como la palabra lo indica: "no depender", valerse por sí mismo, ser autosuficiente, estar dispuesto a salir de la zona de confort y hacerle frente a la vida con sus retos y necesidades por cuenta propia.
Muchas veces los adolescentes y adultos jóvenes que siguen viviendo con sus padres, quieren ser libres sin ser independientes. Con un puño en alto y voz en cuello exigen que se respete su "libertad" y con la otra mano están pidiendo su "domingo", o que mamá les cocine, les lave y planche y les tienda la cama. Esperan también que papá les siga pagando sus gastos y los servicios que consumen. Su supuesta libertad estriba en exigir, a veces de manera grosera, que los padres no se metan en sus vidas, no se metan en "su" cuarto, no les restrinjan los horarios de salidas y llegadas o no les impongan reglas, que no opinen. Eso no es libertad, es anarquía....o como dicen: es "patear el pesebre" o "morder la mano que les da de comer".
A veces la libertad se conquista cuando se tiene lo suficiente y en otras ocasiones se conquista con sacrificios, reduciendo las necesidades. Es cierto eso de que "No es más rico (ni más libre) el que más tiene, sino el que menos necesita"
La libertad es uno de los atributos más caros que existen. Cuesta mucho ser libre, empezando porque para serlo, primero hay que conquistar la independencia...la libertad es un derecho que se gana y no es fácil.
Además, la libertad es muy relativa, no es absoluta. Todos dependemos de algo o de alguien en mayor o menor grado.
Por eso, (parafraseando a Juárez) tanto los individuos como las naciones que han alcanzado su independencia, lo celebran con orgullo.

miércoles, 3 de julio de 2013

¡Cuidado con la Chancla!




 Hoy se cumplen 130 años del nacimiento de un escritor judío Austro-Húngaro llamado Franz Kafka. Google le dedica el doodle del día a la obra de la Metamorfosis con un diseño hecho con patitas de cucaracho. Kafka escribió bajo la visión del existencialismo y el expresionismo. Sus obras más conocidas, son El Proceso, El Castillo y la Metamorfosis. Esta ultima que menciono, fue escrita como todas las demás, en alemán y se llamaba en su título original "Die Verwandlung". En su traducción estricta, este título quiere decir "La Transformación". Sin embargo, al hacer el la analogía con un insecto que podría ser un escarabajo gigante o una de esas cucarachas de Madagascar, se tradujo como "La Metamorfosis".
Es una historia triste, que habla de inadaptación o a lo mejor de algo que todos hemos sentido alguna vez: la falta de pertenencia. Se trata de un hombre que no podía reconocer su entorno y sentía que su entorno tampoco lo reconocía a él. Es la máxima soledad posible. Es el "No me hallo" (como decimos los mexicanos). Es el no poder encontrarse o reconocerse en su propio medio. O el "I don't belong" como dicen los americanos. Y poco a poco se va sintiendo como un vil insecto.
Hoy en día, la Metamorfosis Kafkiana es más vigente que nunca. Cuando la persona se hace consciente de que su medio no lo reconoce, no lo respeta, no lo identifica, comienza a sentirse como una cucaracha. Ya sea el entorno familiar, el laboral, el social, el político. El sistema parece estar hecho para hacernos sentir así, como un bicho raro, pero un bicho al fin.
Todos quieren trascender, todos quieren reconocimiento, identificación como alguien importante dentro del esquema...pocos lo consiguen, o lo consiguen por un tiempo efímero. Es parte de la cultura de lo desechable, o la cultura del envase de la que habla Eduardo Galeano: "El contrato del matrimonio importa más que el amor; el funeral más que el muerto; la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios."
Así, muchas veces vemos y tratamos a nuestros semejantes como si fueran insectos más que seres humanos y esa misma visión regresa de ellos hacia nosotros. es una desvaloración mutua. Es la cultura del envase (desechable) la cultura de ver al prójimo como una cucaracha despreciable a la que podemos aplastar.
Poca gente lee a Kafka hoy en día, y vale la pena leerlo porque comprende profundamente la sensación de soledad profunda, de desconexión y desvinculación. Ofrece crudamente la oportunidad de reflexionar a tiempo para no caer en el juego de una sociedad enferma que cada día nos exige mas y a su vez cada día nos intenta convencer de que valemos menos. Sociedad en la que nos pueden hacer creer que somos como insectos ¡Cuidado con la chancla! No dejes que te aplasten.
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martes, 2 de julio de 2013

Desde los miedos hasta los medios


Por Susana Valdés Levy.


Esto es casi una confesión o digamos una confidencia. Desde que inicié mi carrera, yo me levantaba muy temprano, me metía a bañar, me maquillaba, me peinaba, elegía con sumo cuidado la ropa que me iba a poner. Tenía que acordarme de cuándo era la última vez que me había puesto esa blusa o ese pantalón para ir al trabajo en la tele. Entre tanto estaba pensando cómo decir esto o aquello según fuera la nota del día, “la de ocho” como le dicen haciendo alusión a la nota de ocho columnas como se presentaban en la primera plana de los periódicos las noticias más importantes.

Llegaba al canal con anticipación. Saludaba a todos y en especial a mi súper productora Ixchel  Rodríguez quien ya había hecho mancuerna mediática conmigo en radio. Luego invariablemente a Pancho Villarreal que era mi asesor editorial. En ellos confiaba plenamente y hasta la fecha. ¿Qué comentar? ¿Cómo decirlo? ¿Por dónde empezamos? En ese tiempo la improvisación era solo un recurso pero nunca la norma, como parece ser ahora. El orden era estricto. Invariablemente me ponía nerviosa. Es mucha responsabilidad. Un poco de polvo en la cara para no brillar con las luces. ¡Corre al estudio, vamos al aire! El floor-manager iniciaba el conteo regresivo marcándome el tiempo con los dedos de su mano en alto: 4-3-2-“¡Queue!” (quiú, se pronuncia).

Así fue por muchos años, de lunes a viernes, puntual sin faltar más que por causas de fuerza mayor, trabajando en Navidad, Año Nuevo, Semana Santa, durante los huracanes, en tiempos de balaceras, apoyándome en un magnífico equipo de reporteros, camarógrafos, switcher, redactores, jefes de información, gerente de noticias, editores, mesa de asignaciones, productora conectada a mi oído derecho con el famoso “chícharo” que cuando uno está al aire es casi como un cordón umbilical que te mantiene conectado con la cabina de mando.

Cada día era un nuevo comienzo. La angustia del rating, la competencia ¿qué está diciendo Maria Julia? ¿Ya sacó la nota Lety Benavides? Ellas son mis amigas, las quiero y respeto. Pero al aire, éramos colegas en competencia a la misma hora y distinto canal. Mi comadre María Julia considerada un titán invencible. ¡Todos la aman! Yo no quería ser como ella, porque no podía…yo soy yo. Ofrezco al público otro manejo de la información. Otro estilo. No a todos les gusta. Azcárraga me dijo: “No quiero otra María Julia, ella es única, un personaje. No la imiten pues se convertirán solo en una mala copia. Hay que ofrecer otra alternativa…eso es todo.”

Faltó mencionar a las telefonistas. Ellas son indispensables. Son la retroalimentación, son las receptoras del feed-back inmediato. Ellas tienen la tarea de pasar todas las llamadas, sin flitro ni cambios. No faltaban algunas con una felicitación, un saludo, una petición. Pero hubo muchas también con feroces y crueles críticas: “Qué feo te peinaste hoy”, “Qué mal te queda el color de esa blusa” “¿Engordaste?” “¡Ya quiten a esa conductora, está muy vieja!”, “¡Agarraste la jarra ayer? ¡traes muchas ojeras!” Bueno, por lo despiadado y lo cruel no paramos.

Acepto que al principio me afectaba mucho. Me agüitaba, me dolía. Igual me decían que yo era una simple “lectora de noticias” como me decían: “¡Qué estupidez tan grande has dicho!” Total era lo mismo limitarme a leer que dar un comentario editorial. De todos modos yo era una idiota o  poco profesional, o cosas peores. También había gente amable que me llamaba para decirme cosas buenas. Con los años mi ego se amansó. Aprendí a no creerme ni los insultos ni los halagos. Aprendí a blindar mi alma para no salir herida ni inflada. Aprendí a valorar la crítica tanto como el aprecio y de ahí a reforzar lo que estaba bien y a corregir lo que podía arreglarse o mejorar.

Ese aprendizaje me ha servido mucho en mi vida personal, me ayudó a crecer, a ser más fuerte, más resistente a la opinión de otros sin por eso dejar de tomarla en cuenta. Estar en el medio es de miedo. La competencia es feroz, la crítica es agria y duele, el halago marea y el poder envilece.

Lo verderamente importante es no perder de vista jamás que uno está ahí para servir a una comunidad y que siempre, siempre se puede y se debe mejorar.

 

jueves, 13 de junio de 2013


 
 
¿Quién paga los platos rotos?

Por: Susana Valdés levy.

En los 60’s, la popular serie de televisión norteamericana Bonanza, nos presentaba a la familia Cartwright atendida por su humilde, eficiente y leal sirviente cocinero Hop Sing.  Imaginen que en la actualidad, los nietos de Hop Sing son los dueños de la Ponderosa, o que el legendario rancho de Virgina, requiere de comprar a los descendientes de Hop Sing, todos los insumos para operar de manera costeable.  ¿A qué horas rebasó el silencioso cocinero chino al poderoso “Señol Calwait”?

Muchas cosas se dicen de China.  Por ejemplo: el “horror” de su política demográfica de permitir tener un solo hijo, prefiriendo por cuestiones de productividad a los varones y ocasionando así un genocidio de niñas recién nacidas. O bien, el caso en el que desde 1978 (cuando se aplicaron las reformas económicas Chinas) y hasta la fecha, los obreros asiáticos han trabajado sin descanso los siete días de la semana los 365 días del año, a cambio de un uniforme gris, unas sandalias negras y un plato de arroz, (¿Otla vez alóz?) en un extenuante sacrificio para sacar adelante a su país, el más populoso del mundo y que ahora comienza a recoger sus frutos. Y la más impactante: Pena de muerte a los funcionarios corruptos.

El tigre asiático que por milenios estuvo encerrado tras una impenetrable muralla que puede verse desde la luna, y al que muchos creyeron muerto y estancado en su propio aislamiento, ha despertado, ha salido de su jaula, hambriento y dispuesto a devorar al mundo. A esto le llaman: El Milagro Económico Chino….La Gran Ola Amarilla….que para los mercados internacionales ha sido un verdadero Tsunami.

El comunismo chino fue siempre distinto al soviético. Se basaba en la premisa del Kung Fu de que “dónde no hay pa’ todos hay patadas”. No había más que de dos sopas y la de arroz ya se estaba acabando. La otra sopa era la sopa demográfica, Tenían que “capitalizar” su sobrepoblación y su costumbre de tener hambre para traducirla en la fuerza laboral y productiva más impresionante que el mundo jamás había visto.  No fue un comunismo furioso y resentido, ha sido un comunismo laborioso y productivo. Entendieron que había que hacer el pastel más grande y repartirlo mejor. Lo lograron y ahora son comunistas con capital. Se dice que entre el año 2016 y el 2020, China habrá rebasado a la economía estadounidense.

La globalización les favorece. La mano de obra barata y eficiente así como la  variedad y calidad de sus productos aunada a la capacidad de abastecimiento, los ha convertido en lo que muchos llaman “un invasor de mercados”.  Superan en precio, cantidad, calidad y variedad a cualquier otro competidor.

 Pensarán que son los empresarios industriales de los países en desarrollo (como México) los que reciben el golpe más duro. Pero no es así. Nada resulta más fácil que importar la mercancía genérica e instalarle la marca local; o bien comprar la maquila en China. Cualquiera de las dos opciones resulta menos costoso que competir con los asiáticos en el campo de la producción. Esta experiencia ya la han vivido los industriales zapateros de León, así como otros giros tales como ropa, electrodomésticos, herramientas, vajillas y cerámica, etc…No hay ventana de oportunidad en el mercado internacional por la que los chinos no se asomen.

Los que pagan los platos rotos, son en realidad los obreros y trabajadores calificados que se quedan sin trabajo y posteriormente la sociedad entera paga el costo de una creciente población desempleada que se traduce en inseguridad, descomposición social, desintegración familiar y por supuesto: pobreza.

La Secretaría de Economía ha estado consciente de este tema desde hace años. Aunque lo veían venir, no se imaginaban la magnitud del impacto. La globalización y el libre comercio ponen a las autoridades en un dilema. ¿Liberar el mercado o aplicar criterios proteccionistas?...Han optado por un punto intermedio: imponer aranceles y encarecer la importación. Antes los productos “importados” eran siempre más caros que los nacionales. El fenómeno chino ha dado un giro de 180° a ese concepto. ¿Qué hacer para que no nos trague el tigre?

Es correcta y justa la medida que ha implementado la Secretaría de Economía y su titular Idelfonso Guajardo Villarreal. Es correcta porque hasta el momento es la única solución viable.  Lo primero es, por motivos sociales, políticos y hasta de seguridad nacional,  salvaguardar a la planta laboral, es decir: los empleos de los obreros y el sustento de sus familias. El beneficio económico para los empresarios es un efecto secundario. Posteriormente, y esto no se puede omitir, habrá que diseñar las estrategias que permitan incrementar la capacidad competitiva en el mercado nacional y en el internacional, que es la idea de Peña Nieto. No olvidemos que los chinos pagaron un alto precio para llegar a donde están, precio que los sindicatos mexicanos nunca aceptarían…Por otra parte los chinos no tenían un arancel, tienen una Muralla que ya no los contiene. Lo que los chinos están cocinando es la sopa para convertirse en la primera potencia económica mundial, muy pronto.

 

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