El Dolor de Dolores
(La sinfonía de la vida tocada a cuatro manos y la alegoría de
las tortillas en el comal)

Mi nombre es Juana Llano, es 1862. Hace algunos años, cuando yo tenía dieciséis mi padre me mando llamar a la sala mientras yo jugaba en el patio de la casa trepada en un árbol de duraznos. Ese día me presentaron al mismito diablo y me dijeron que me iba a casar con él. Mi amado padre no sabía que estaba entregando a su hija en manos de tan despreciable e iracundo ser. Pero así fue.

Mi nombre es Juana Llano, es 1862. Hace algunos años, cuando yo tenía dieciséis mi padre me mando llamar a la sala mientras yo jugaba en el patio de la casa trepada en un árbol de duraznos. Ese día me presentaron al mismito diablo y me dijeron que me iba a casar con él. Mi amado padre no sabía que estaba entregando a su hija en manos de tan despreciable e iracundo ser. Pero así fue.
Recordar a la nana Gertrudis echar tortillas es una
irrevocable invitación a filosofar. Eso ha sido mi vida y quizás la de todos:
como la de las tortillas en el comal caliente. De pronto, un vuelco completo,
inflarse y desinflarse, tanteando para mantener en el punto exacto, sin que
queden crudas o se pasen de tueste. Ni tan blandas que se deshagan, ni tan
duras que truenen. Pero lo más importante, es ese momento preciso en el que la
vida da un vuelco.
Yo pensaba que nunca iba a salir de este pueblo de Higueras
y de la casa de mis padres, a dónde volví apenas seis meses después de mi
matrimonio, a los dieciocho años y con la cara destrozada por los golpes de un
marido endemoniado y energúmeno. Pensaba que la tristeza o la decepción habían
llegado para instalarse en mi existencia y que la felicidad era solo una gota de
miel, cuya efímera dulzura se disuelve y se pierde rápidamente en los pantanos
de la cotidianeidad y la rutina. Con sobrada razón en una vida truncada por la
violencia y estéril por la soledad como la mía.
Siempre creí que era Ley de Dios el que no fuera posible
construir la felicidad de uno sobre los escombros de la desgracia ajena. Mucho
menos creí que pudiera encontrársele sentido a la vida propia en medio de la
zozobra y el naufragio de la vida de otros. ¡Y qué vergüenza para la conciencia
el aceptar que, para que a uno se le abran las puertas a la razón de vivir, es porque
a otro se le han cerrado!
Estoy en la cocina para despedirme de la nana porque hoy me
voy a vivir con mi hermana Lola a Monterrey. Mi cuñado Fidel, el guapo Fidel,
se está muriendo. Mi hermana Dolores y yo nos volveremos a reunir como cuando
éramos niñas y tocábamos juntas el piano, pero a diferencia de entonces, ahora
será para tocar a cuatro manos el allegro ma
non tropo de dos soledades que se ayudan y se acompañan. Alegres por reunirse,
más no tanto, por ser en circunstancias tan lúgubres.
Mi hermana Dolores necesita que le ayude con María Teresa,
su hija de apenas ocho meses de edad, porque la verdad es que Lola se está
volviendo loca entre que atiende a su hija llena de vida y a su marido lleno de
muerte. Fidel no se merecía esta agonía. Más hubiera valido que muriera
instantáneamente. Seis meses lleva ya postrado en la cama con las vísceras reventadas.
Es un suplicio y un viacrucis que no redime a nadie. Sufrimiento infame que
ensombrece y eclipsa aun a la más deslumbrante felicidad, como la que hace ocho
meses trajo a ese matrimonio la pequeña María Teresa, que es un sol desde que
nació.
Así fueron las cosas: iba Fidel en su carreta cargada con
media tonelada de frijol para vender rumbo al mercado de abastos. Un mal
espíritu se cruzó por su camino y espantó a los caballos de tiro que lanzaron
un relincho endemoniado y se desbocaron en plena calle, llena de gente. Fidel
quiso detenerlos, jaló las riendas con todas sus fuerzas, pero los caballos
estaban enloquecidos. Lejos de lograr detenerlos, Fidel cayó entre las patas de
las bestias y las ruedas de la carreta. Una de las ruedas le pasó por encima
haciéndole estallar las entrañas. Nunca perdió consciencia.
En esta ocasión, la nana no pudo invocar milagros ni preparar
remedios. La Virgen de San Juan que siempre respondía a sus plegarias,
permaneció en silencio. Yo he llegado a
la ciudad…es mi primer día en casa de Dolores.
Mi hermana Dolores tiene veintiocho años y yo veintidós. De
niñas tomamos lecciones de piano con una maestra rusa a quien seguramente se le
había extraviado la brújula y fue a parar al pueblo de Higueras. Ahora Lola
tiene en su casa de Monterrey un piano de cola junto a la ventana. Comienza a
atardecer. Es la hora en la que la gente moja la banqueta con un cubetazo de
agua para espantar a las moscas y zancudos. Sacan sus mecedoras y se sientan a
ver ponerse el sol entre los riscos de La Huasteca y el Cerro de las Mitras.
A cuatro manos, Lola y yo habíamos bañado a María Teresa que
desnuda es una bebé regordeta, un querubín desprovisto de alas que ni el gran
Rafael hubiera imaginado. A cuatro manos preparamos la cena, a cuatro manos, y con
gran dificultad, cambiamos las sábanas de la cama de Fidel como en una suerte
de magia sin levantarlo ni lastimarlo. A cuatro manos preparamos la alcoba que yo
habría de ocupar a partir de esa noche. Encendimos los quinqués y nos sentamos
frente al piano. Lola abrió las viejas partituras con música de Beethoven y
Schubert yo mientras, abrí de par en par los postigos de la ventana.
-¿Te acuerdas?
-Creo que sí
-Para Elisa
-Sí. Leíste mi mente.
A cuatro manos comenzamos a tocar, mejor que nunca. A pesar del
enmohecimiento de los años y la distancia, como sucede con las grandes
amistades, nuestras almas seguían sincronizadas, coordinadas, digamos que
orquestadas. La música voló y salió por la ventana de la sala hacia la calle.
Sin pausas y sin ponernos de acuerdo, terminamos Para Elisa y seguimos con Claro
de Luna y después la Serenata de Schubert, así de memoria, sin ver siquiera las
partituras.
A cuatro manos tocamos vigorosamente, como si estuviéramos llorando
juntas, como si estuviéramos firmando un pacto de sangre, absortas y a la vez
concentradas. Tanto que ni siquiera nos percatamos del público improvisado que
se había juntado afuera de la ventana. La gente había acercado sus mecedoras
hasta colocarlas frente a la casa. Cuando ya agotadas y bañadas en lágrimas terminamos
de tocar, el aire se llenó de aplausos. Levantamos la mirada lentamente y vimos
a esa pequeña multitud, de pié gritando “¡Bravo! ¡Bravo!” mientras sus
mecedoras seguían oscilando solas como un compás que marca los tiempos que
permanecen aun cuando la música ha terminado, como la vida que sigue, aun
cuando el que la ocupa se ha ido.
Hicimos una leve reverencia inclinando la cabeza,
agradeciendo tímidamente los aplausos inesperados de un público jamás convocado.
Dimos las buenas noches a los vecinos y cerramos la ventana.
Antes de retirarnos a dormir nos asomamos a la recámara de
Fidel. Tenía una sonrisa leve dibujada en su rostro pálido y demacrado por el
dolor. Con gran esfuerzo nos brindó tres aplausos. Con voz muy débil le dijo a
mi hermana:
-Gracias Dolores por
esta vida de felicidad que me has dado en tan breves años
-¡Fidel!
-Gracias mujer, por
estos años que han sido música y éxtasis. Toma mis manos Lola, por favor.
Dolores se acercó y yo me quedé inmóvil junto a la puerta.
Fidel apretó las manos de mi hermana y le dijo:
-Dolores, quiero
decirte que si el precio de la dicha de haber sido tu esposo era el de morir joven,
lo pago con todo el gusto de mi alma y me parece poco. Me has hecho
inmensamente feliz. Dile a María teresa, a nuestra hijita, que su padre la amó
y la amará siempre donde quiera que esté. Me voy tranquilo sabiendo que Juanita
tu hermana está contigo y con la niña.
Fidel cerró los ojos…..Para siempre.
-Fidel por favor,
todavía no, ¡Fidel! ¡No te vayas! ¡Abre los ojos Fidel! ¡No sueltes mis manos! Sollozaba
Dolores….Pero Fidel ya se había ido.
Lo velamos toda esa noche y la siguiente. En la tarde lo sepultamos. El dolor de Dolores era tan grande y tan profundo que llorarlo lo habría devaluado. Por eso permaneció estóica, inmóvil y en silencio, detrás de un velo negro de viuda, silenciosa en medio de los plañidos de quienes no lo amaron tanto como ella lo amó. Yo me uní a su sinfonía silenciosa, porque el dolor de Dolores era también dolor mío.
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